Ayer fue la noche más larga del año. Poco a poco vi cómo la raya del cielo se iba perfilando más y más clara, hasta desaparecer. Casi vi lo que había detrás de aquel azul, hasta que el telón de la noche volvió a reventar la luz de las farolas. La noche más larga del año implica que el verano ha llegado. Luego viene el declive, la madurez de los frutos, la frescura de agosto y el escozor de setiembre. Pero, en esa caída lánguida, los días siguen siendo despejados, sigue brillando el agua del mar y el sol se pone más tarde que los informativos.

Este solsticio señaliza que mi licenciatura ha terminado. Hace casi cuatro años que la historia comenzó con un grupo de jóvenes, o más bien niños, a los que les gustaba leer, o los idiomas, o vete tú a saber qué, pero que se sentaron en las primeras filas de un aula desconocida y poco aireada a que les explicaran de qué iba la Filología Inglesa. Niños que se observaban entre sí y pensaban en quiénes serían sus futuros amigos. Qué batidas pega el calendario. No sólo es que esos niños sean proyectos de adultos, o adultos ya, o post-post-adolescentes, sino que además ya no hay ni rastro de lo que eran cuando entraron. Veo las fotos y no nos reconozco. It is not us.

Dicen que el tiempo pasa muy rápido cuanto más mayor te haces. Es verdad. Los cuatro años de secundaria fueron bastante más lentos que estos cuatro años de universidad. Y ahora sólo queda el pensamiento de: ¿cómo continuamos el cuento? ¿Seguimos estudiando? ¿En tal caso, qué? ¿Y dónde? ¿Conoceremos gente nueva? ¿Seguiremos sintiéndonos preparados para afrontar el estrés de futuros exámenes? ¿No querremos asentarnos ya con un trabajo y un sueldo en la nómina, más o menos fijo? ¿O más bien andaremos muy apurados si trabajamos, porque el país está en crisis? Las preguntas penden antes del próximo setiembre. Nuevo curso, nueva vida.

Lo mejor, cantar ese Qué será, será de la peli de Hitchcock. El año que viene estará ahí, para seguir viéndonos crecer. De momento, me balancearé al sol en una figurada hamaca. Todavía le quedan muchos atardeceres largos al verano. :)

Para mi trabajo de Poesía Contemporánea, estoy leyendo información sobre la Guerra Civil Española y sobre cómo reaccionaron a ella los poetas españoles e ingleses. La implicación de los intelectuales que apoyaban al bando republicano fue increíble: publicaron revistas, panfletos, poesías… Algunas eran puramente propagandísticas, pero la mayoría no perdían su calidad estética, y aún hoy son valiosas. Pensemos, por ejemplo, en los versos que escribía Miguel Hernández antes de morir en la cárcel:

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,

van por la tenebrosa vía de los juzgados;

buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,

lo absorben, se lo tragan.

Hoy he querido escribir en el blog y lo primero que me ha venido a la mente ha sido el “Libertad, libertad” de Luis Eduardo Aute: vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar; el mandato de reflexionar qué es nacer, qué es morir, qué es amar… El hombre por qué está hecho, y qué eres tú, libertad…

En aquella época buscaban, ante todo, la posibilidad de crear una sociedad libre y en la que la cultura fuera accesible a todos. Que justificaran la guerra como la única solución posible al enfrentamiento bipolar español, es una desgracia. Muchas víctimas cayeron en ambos bandos, gente inocente a la que le tocó enfrentarse por ideales que desconocía. Muchas vidas, proyectos, quedaron en polvo. Así todo, en aquel momento, parecía la única defensa posible ante el ataque.

Ahora todo aquello nos queda cada vez más lejos, pero se siguen sucediendo las guerras. ¿Por qué, con qué fin? ¿Por qué repetir algo que sólo acarrea negrura y dolor? El ser humano, por encima de las ideas, debería ser lo más valioso, lo más preciado.

Estoy en esa fase en la que los textos me devoran. Ñam-ñam, Iraide, ñam-ñam. ¿Cómo se te ocurrió plantearte el sistema educacional y ponerte a hacer una unidad didáctica para que los alumnos aprendan a escribir bien en inglés? ¡¡Si es un peñazo!! Son los pensamientos que afloran cada vez que tecleo “los alumnos deberían reunirse en grupos de tres y buscar sinónimos”, “los alumnos deben posicionarse a favor o en contra del tema propuesto por el profesor” o, más descabellado, “los alumnos deberán comentarle al compañero cuáles son aspectos positivos y negativos de su redacción de acuerdo a una serie de parámetros previamente indicados por el profesor”.

¡¡Pues eso!! Qué peñazo, el hacerlo. Aunque emocionante a su vez pensar en qué se puede hacer para que el aprendizaje de idiomas sea más dinámico y, por Dios santo, más fácil y menos tedioso. Después de pasar la enseñanza secundaria apuntando el esquema a seguir para crear los condicionales y hablando lo justo y necesario para corregir una frase en un ejercicio, se me ocurrió que la mejor idea para un practicum sería replantearme todo eso e intentar crear un nuevo método.

Soy muy optimista, e idealista. Lo piensas y te recreas, aunque al pasar a la práctica todo se vuelve más farragoso. Hay que pensar en qué ejercicios motivan más o menos a los chavales, en qué objetivo se pretende lograr con cada lección… Y el orden no es lo mío. Inicio las ideas, pero cuando ya han prendido mecha y toca trabajar es cuando me desmotivo. En el futuro, mi profesión será la de ideadora. Después, si puedo, la elaboración la llevarán otros -exagero, son los estragos de la creación de un plan ideal de lecciones para un hipotético alumnado adolescente.

Pues eso, mi paradita bloguera antes de continuar con mi amigo practicum, que no para de hacer ¡chás! y aparece a mi lado. :D

El otro día le comenté a A. que Gorliz debe de tener algo, porque todos estamos conectados con este pueblo de alguna manera. Desde que aterricé a los tres años se convirtió en mi segunda casa. El pueblo de los juegos, de las tardes en el pinar, de los helados en la playa, de los castillos de arena que me incitaban a reflexionar sobre lo bonito que es estar tranquilo mientras te rozan la pìel los atardeceres de julio. Luego se convirtió en el destino maldito, hosco, de tardes soterradas bajo un libro, de aburrimiento con oropeles. Dejaba de ser niña. Vino la adolescencia con los amigos y con el metro que me empujaba a Bilbao y me reenganchaba a la vida. Y con la mayoría de edad vino la radio, y dejar de ser un pueblo de veraneo al uso. Iba en invierno, volvía en otoño, pasaba frío, lo recorría en coche… Conocí bares que hasta entonces había pisado poco… En 18 años he conocido todas sus facetas, habré saboreado unos 567 pollos y habré bordeado la línea de la playa unas 30000 veces.

Este fin de semana mis padres estaban locos por ir allí. Y yo, esta vez, tan contenta. Con un libro, chocolate y la tele enfrente me he adormecido en el sofá, mientras la tormenta, vengándose del buen tiempo, lanzaba dardos en el cristal. Y he desconectado. Del autobús 71, del Guggenheim de las mañanas triste en la otra orilla del río, de las mesas naranjas, de mi mente neblinosa de sueño, de sumar y descontar minutos. He quitado el cable de mi mente, y me he dado cuenta de que necesito un junio de estar allí descansando. De no pensar en trabajar, o estudiar, o preparar. De romper con el hilo que nos hace tensarnos. Un junio libre. Luego ya llegarán las emisiones veraniegas de radio con su entretenimiento, y los pensamientos sobre estudios posteriores, pruebas de acceso y demás parafernalia.

Junio, Gorliz, playa, sofá, familia, libros, amigos, y ya.

Cuando recorté los últimos rebordes que le quedaban al álbum de abril asomó mayo nadando en un río de recuerdos. Lo reconocí por la camiseta amarilla que llevaba, obligándome a ponerme las gafas de sol. También por los guiños que me hacía su agua cada vez que daba una brazada, y por su firme sonrisa, espolvoreando mi alma y haciéndome volar como Peter Pan. Había estado doce meses orbitando alrededor del sol, tiznando su piel y ahora llegaba volando en un paraguas transparente. Me dijo que me había echado de menos, que sentía que la ausencia me hubiera dejado empapada de chubascos y atardeceres rotos. Lo rodeé con el hombro y le dije que no pasaba nada, que él siempre llegaba en el momento oportuno, con un cargamento de virutas de luz.

Le gustó lo que le dije, y me habló de todas las cosas que había descubierto a lo largo de su ruta planetaria. De la tierra donde las estrellas oscilan rojas y blancas, del camino lácteo que ilumina el universo. También recordamos nuestro anterior encuentro: otro lugar, pero el mismo mayo, tan moreno y expectante como siempre, con el pelo trigueño y alborotado. Anduvimos por las tierras germanas, por jardines inmensos y palacios de ensueño. Sí, yo también me acordaba de aquella visita, justo antes de que llegara la bella Juno, con trenzas de flores anaranjadas prendidas en sus cabellos.

Hoy mayo asoma por encima de mi hombro y sonríe. No desespera, disfruta de estos momentos a mi lado, antes de que la aspiradora del tiempo lo absorba y lo expulse, de nuevo, hacia una órbita perfecta y redonda.

Quiero ser un sonriente aspersor para estar en todas partes a la vez, para correr hacia otras latitudes, para nadar y desbordar la piscina. Quiero ser un aspersor que machaque con sus gotas todo el calor que llevo almacenado dentro, y se cuele por mis poros como un refresco. Un aspersor a veinte grados de temperatura que despeje una frente llena de tachones, letras hilvanadas y espirales herméticas, que en un solo espasmo desdibuje las tablas de multiplicar de mi cabeza.

Un artilugio, simplemente, que derrame arpegios incontrolados de vida sobre la hierba, una tarde de verano.

Tengo la sensación, después de la marabunta de presentaciones, de que no ha habido una leyenda más sobada y versionada que ésta. Antes de que llegara esta fiebre artúrica a las aulas de la universidad, conservaba la afable imagen del barbudo Merlín de Disney, la melena rubia del niño Arturo y esa espada que sólo él  podía sacar, pero el tema es mucho más turbio.

Desde las leyendas celtas, pasando por el “Cretino” de Troyes y Malory, atravesando el medievo en Talgo, Arturo ha campado a sus anchas en el imaginario europeo y cada siglo ha aumentado su cohorte de personajes: desde el seductor Lancelot al noble y valeroso Galahad, pasando por la adúltera Ginebra a la tentada doncella de Shalott, llegando a la encantadora Vivian y a la viperina Morgan-le-Fay y su hijo bastardo Mordred. Me recuerda a cuando Forest Gump se pone a correr y todos le siguen, o a los Pokémon, que llegaron a ser tantos que ya dejaron de molar.

Nuestra presentación, que toca el miércoles, va a centrarse en la leyenda artúrica en el arte del siglo XIX. Para empezar, malditos y benditos pre-rafaelitas. Malditos, porque hicieron tantos cuadros que no hay quien los encapsule en una presentación de media hora; benditos, porque sus obras son de una belleza y unos colores delirantes, que nada tienen que ver con la Inglaterra decimonónica de chimeneas y adoquines.

A través de cuadros, tapices, grabados, litografías, esculturas y fotografías los artistas interpretan la leyenda a su antojo. A veces las mujeres son virginales, otras de labios voluptuosos y sensualidad mortífera. Merlín a veces es un anciano que encuentra al bebé Arturo, otras es un joven de cara pálida y rasgos desmarcados. Algunas veces hacen caso a los versos de Tennyson, que según dicen hizo con la leyenda lo que le dió la gana; otras veces mentan a Malory, quien escribió tomos y tomos sobre la dichosa saga.

Cuanto más me adentro en la historia mítica, más decrece mi animadversión y más aumenta mi interés, aunque la presión de hacerlo bien mantiene ambos sentimientos en una balanza. Espero que nuestra charla pictórica les guste a nuestros oyentes. :D

Llevo más de un mes balanceando este libro en el bolso, apachurrándolo en la mochila y dejándolo sobre la cama, a modo de recordatorio (¡Iraide, léeme, léeme, léeme!). Se trata de Hacia otro verano, escrito por la autora neozelandesa Janet Frame. Se trata de una novela cuya protagonista, una escritora llamada Grace, va a pasar el fin de semana con Anne y Philip, un joven matrimonio inglés al que conoce a través de su profesión. Llevan invitándola a alojarse con ellos desde hace tiempo, y ella al fin no consigue postergar más la oferta. Por un lado, le atrae la idea de visitar a una pareja que también proviene de Nueva Zelanda y de compartir sus recuerdos, pero por otro lado su timidez y la obsesión persistente de que carece de habilidades sociales la retienen y paralizan.

A lo largo de su estancia, vemos las ansiedades de Grace proyectadas en su relación con Anne y Philip, su minucioso análisis de las interacciones humanas y, a la vez, los recuerdos de la infancia que iluminan su realidad y la hacen añorar el soleado sur frente a la húmeda y poco acogedora Inglaterra. Llega un momento en el que la protagonista se da cuenta de que nunca conseguirá adaptarse a ese país, de que ella es un pájaro migratorio que no está hecho para ese mundo, para esa sociedad en la que no consigue sentirse cómoda ni actuar con naturalidad.

De momento me está encantando. Grace me parece entrañable, y me apena su desprotección y su inseguridad en las relaciones, pero a la vez me fascina la forma en que analiza al conformista y poco espontáneo matrimonio, en el que ambos miembros se ajustan sucesivamente a sus roles de marido protecor y mujer complaciente, anfitriones amistosos y padres instructivos sin permitirse un leve descanso. ¿Acaso nosotros no hacemos lo mismo? ¿No nos adaptamos a nuestros cómodos moldes en las relaciones? ¿No nos sentimos incómodos en los sitios nuevos, donde no estamos seguros de cómo hay que actuar? ¿No somos entonces pájaros cuyas alas chocan todo el rato contra los ojos del resto?

Como mencionaba en el post anterior, a mediados de abril fui a Granada. Fui con A. en el coche grande, dispuesta a comerme los kilómetros tocón a tocón. Recuerdo esa costumbre que tenía de pequeña de ir contándolos, y de ver cómo mil metros no eran para tanto. Como me suele pasar con las tareas que tengo pendientes, pienso que si ese pequeña porción ha pasado tan rápido podré tragarme el pastel en un santiamén. Pero A. tiene un concepto del tiempo más ajustado que yo y sabe que para llegar a los límites de Al-Andalus hay que recorrerse toda la península primero.

Por suerte, fue una península musical. Llevábamos carpetas de música en un pen-drive y tanto él como yo íbamos descartando las canciones que no nos gustaban. Sólo nos quedamos tranquilos con el disco de Abba, y al son de Waterloo y una autopista la mar de aburrida fuimos adentrándonos en el espíritu viajero. Por suerte, también, paramos religiosamente cada dos horas. Por un lado, no teníamos prisa y queríamos seguridad ante todo durante el viaje; por otro, él adora tomarse el café y sentirse turista, y yo adoro los alargados bocadillos de los autoservicios.

Llegamos a Granada después de 13 horas. Cansados, sin ganas de hacer turismo, y con el estómago dislocado de tanto traqueteo en coche. Al día siguiente ya tocaría explorar los pueblos de mis abuelos, oriundos de Granada, visitar la Catedral y tomar un buen batido de chocolate en la plaza Bib-Rambla.

Acabo de abrir las cortinas de celofán del mes verde, para pasar al mes rojo de terciopelo. Mayo siempre trae alguna cosa buena: un calor irresistible, el olor de las flores, la hierba segada, la noche soleada, la merienda alegre, la charla casual, el concierto, el cine… Mayo es la antesala de junio pero al final lleva más chisporroteo. Es como la Nochevieja, tiene más gracia que el Año Nuevo. Por eso, y si el clima se comporta como es debido, aprecio mayo.

Abril ha estado cargadito de preocupación y de sensación de deber, y de despiste, y de viaje. Se han colado trabajos, fonemas, Macbeth clavando cuchillos, sueño ultrajante, un viaje a Granada, lluvia en los pantalones, pelos alborotados, pantallas de ordenador, recuerdos, confusión, nervios y frustración en una bola de papel llena de vértices y segmentos. Y sobre todas esas escenas ha caído una lluvia inclemente, ajena a que los humanos nos ablandamos bajo su contacto.

Pero en mayo renazco como las mariposas y aleteo de letra en letra, de actividad en actividad. Este mes ha recuperado mi faceta vital y mis ganas, después de ser oruga por un tiempo. Tengo ganas de acabar el curso, y a la vez ganas de hacer, como el caracol del poema de Thomas Gunn que empuja sus antenitas hacia delante. Living onwards for the sake of it. Me apetece hacer, simplemente. Pasear, leer, ir a la playa, escribir, viajar, interesarme, hablar… Y dormir. Poquito a poco, a mí manera, y a mi ritmo. Necesito deshacerme del ritmo pautado, esos cajones semanales que me oprimen la barriga y las entendederas. Llegó ya abril más uno, con su camioncito de exámenes, estuches y trasnoches. Bienvenido sea. Y luego, más hojas en blanco sobre las que saltar.

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