Aquí va el segundo de mis vídeos. En él, recuerdo la estupenda película de Disney, rodada hace ya casi medio siglo: Mary Poppins. Por cierto, a modo de “fe de erratas”: al final del vídeo digo que “Sonrisas y lágrimas” (The Sound of Music) es también de Disney, pero no es así. Pertenece a 20th Century Fox. Habiendo dejado esto claro, ¡a disfrutar del vídeo!
Nuevo formato de blog :-)
¡Hola chicos!
He decidido apostar por el formato vídeo para realizar las presentaciones en el blog. A ver qué os parece, aquí va el primero:
Vienen de Oriente
Año tras año llega esta noche, la que de pequeña me daba pesadillas de inquietud. Un árbol lleno de bolas y con patas muy veloces me perseguía seguido por Mario Bros, y yo me escondía en la pantalla del videojuego a sabiendas de que vendrían a buscarme. Eran otros tiempos con otras preocupaciones, rodeados del mismo espacio y habitados por la misma persona, que a la vez no es la misma. Así todo, es probable que me reconozca en las acciones de una niña de seis años que abría la puerta de su cuarto con los ojos abotargados de sueño, y los pies pequeños arrastrando las zapatillas. El pelo, como siempre, negro y crespo, desafiando las leyes de la física.
El día de Reyes siempre ha sido especial. Ya no damos de beber a los camellos y jamás dejaría entrar en mi casa a tres señores que me ofrecen regalos. Si dicen venir de oriente es porque he encargado comida china, se ha perdido el encanto de antaño. Sin embargo, mi hermana sigue despertándome a las 8 (porque no le dejo hacerlo antes) con la emoción de siempre. Mientras yo me sacudí el polvo de Campanilla con los años y ahora la almohada se antepone a cualquier otro deseo, ella sigue teniendo el ímpetu que la lleva hacia la sala, donde los paquetes esperan envueltos. Ese momento suspendido en el tiempo, al calor de la calefacción y junto a la entrada de la sala, donde bajo el árbol reposan los tesoros, sigue activando un cosquilleo en mi estómago. Además, ahora es mucho más bonito que antes porque alguien va a recibir algo tuyo, y esperas ver el gesto de alegría, de hallazgo, el “¡esto era lo que yo quería!”
Si me atuviera a las normas no escritas de la víspera de Reyes, me mandaría a la cama por correo exprés. Pronto llegarán los magos y más vale no oír nada, ¡que si no sólo nos dejarán carbón!
Otra página en blanco
Se agota un año lleno de tinta, arrugado de tanta vida. Abollado y aplastado, húmedo y reseco. Así se queda 2011. En el plano global, se siente cansado. Las guerras sacuden varios países mientras las revoluciones tratan de derrocar la injusticia; la crisis se convierte en un desengaño económico y conlleva la pérdida de la inocencia. Por mucho que crucemos los dedos o toquemos madera, hay cinco millones de parados. El mundo gira, y de pronto somos conscientes de sus movimientos, como si fueran agujetas. Crecemos, y el ombligo que era nuestra rutina se expande y mira a través de la pantalla del televisor y de las noticias que bombardean la red. Formamos parte de una sociedad que se mueve, que se queja cuando la vida duele.
En el terreno personal, presentí que se trataría de un buen año. Lo estrené junto a una de mis mejores amigas, mi nipona preferida, y rodeada de pareja, familia y amigos. ¡Qué más se puede pedir! Pasaron los meses y entendí el significado de un trabajo de ocho horas. También me divertí haciendo locuciones dirigidas a un público infantil y creando contenidos educativos. Además, entendí el funcionamiento de una empresa y conocí a gente muy válida que adoraba hacer bien su trabajo. Viajé. Recorrí el centro del país (Soria, Toledo, Madrid), y también esquinas tan apetitosas como Asturias, o rincones rojizos como La Rioja. Comí de lo lindo, reí y conté kilómetros al ritmo de la radio.
Leí, quizá más que ningún otro año. Me sumergí en el terreno de la fantasía gracias a Laura Gallego o Patrick Rothfuss, y decidí que quería conocer los libros más a fondo en un máster de literatura. Desde entonces, el runrún de las ruedas del autobús embadurna mis tardes mientras mis ojos zigzaguean por las hojas, y pienso en un trabajo fin de máster y en pequeños trabajitos que aumentan mi memoria bibliográfica.
Bailé por afición a pesar de mi lateralidad indefinida. Un disfraz de chinita, la música cañera aumentando mis pulsaciones y la coordinación de los movimientos grupales me hicieron disfrutar como una enana del festival de fin de curso, y aumentaron mi flexibilidad vuelta a atrofiar. ¡Volver a bailar fue una de mis mejores decisiones del año!
Escribí en la revista donde colaboro, “Granite&Rainbow”. ¡Es una maravilla formar parte de esa pequeña gran familia, donde cada vez somos más!
Dormí y soñé, perdí minutos en Facebook, vagueé, me enganché a programas kitsch de la MTV y a “Sexo en Nueva York”, disfruté de las expediciones de fin de semana a mi pueblo y, cómo no, seguí en contacto con la radio. ¡Sin esa radio no puedo vivir!
Pero, sobre todo, disfruté de mis amistades y de mi familia, y me reí de lo lindo. Creo que eso es lo más importa haber podido reír algo todos los días.
Ahora tocan los propósitos de Año Nuevo, la resolución de los tormentitos cotidianos que nos ocupan cada día, esos “debería ser” que sin embargo no son:
- El primero, inmediato, es acabar el máster, presentar la tesina y embarcarme en el proceso doctoral.
- El segundo es tener una fuente de ingresos que me haga sentirme independiente y que me quite el reconcomio cada vez que me compro un libro nuevo!!
- El tercero es no comerme tanto el tarro por las dos anteriores.
- El cuarto es aceptar mis inquietudes tal y como son: ¿qué más da si engullo “bestseller” cuando podría estar leyendo novelas eruditas? Me gustan ambas cosas.
- El quinto es remontar el bailoteo cuando tenga tiempo y el sol asome. ¡Estoy oxidada!
- El sexto es abogar más por el “quiero” que por el “debería”. Creo que se trata de una filosofía sana.
- El séptimo es volver al lugar donde pasé el Erasmus. Necesito recuperar aquellas sensaciones tan dulces que me acompañaron cuando estuve en Würzburg. ¡Cómo ha pasado el tiempo!
- El octavo es ver a alguna de las amigas que tengo diseminadas por al mundo, o a otras que están más cerca. El día que estoy con ellas es alegre, seguro.
Dicho esto, me dispongo a llenar el buche para iniciar el año. ¡Nada mejor que hacerlo con langostinos y alegría!
Feliz 2012 a todos!!!! Os dejo con una canción preciosa de Sabina, “Noches de boda”. Dice así: “que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel…”. Eso es lo que os deseo para este año que entra. ¡Un beso!
Iraide
A los de la manga corta
El otoño ha sido benévolo a pesar de que hoy diciembre nos acosa con un vendaval, rachas de lluvia impenitentes y un frío que marca la redondez de cada poro. Así todo, seguirá habiendo gente que se distinga por llevar sus brazos al descubierto, incólume ante las asperezas del frío. Mientras que yo he ido haciendo la progresión lógica “chaqueta corta”-2chaqueta larga”-”abrigo largo”-”abrigo largo mullido con bufanda y gorrito”, hay quien persiste en representar un verano que ya se ha ido. Quiero saber qué toman, qué material los alimenta para lucir tan campantes una tela de algodón sin helarse por la noche y a diez grados. Y lo mismo digo de quienes llevan medias sin nada encima en lugar de leotardos debajo de los pantalones en los días más aciagos. Mi condición friolera, que me lleva a sumar capas y complementos que estorban el paso y merman la dignidad cuando tienes que quitártelos o ponértelos en un autobús en marcha mientras la cuerda del bolso se te engancha y te ahoga y el móvil se te cae debajo de los asientos, busca el ingrediente secreto de estos titanes. ¿Tal vez consista en comer polvorones caducados para burlar el efecto invernadero?
Sensaciones
Me gusta arrancar las briznas de hierba y extraerles la savia con las uñas, de tal forma que el verdín se queda incrustado entre éstas y la yema de mis dedos. Me gusta pulsar la yema naranja de mis dedos contra las teclas del ordenador, y observar cómo se han quedado aplastadas después de escribir mucho rato con las manos frías. Me gusta tocar las barajas de cartas usadas, sus bordes gastados y sus palmas dobladas. Me encanta el golpe de aire que suena cuando las reparto, impregnando la atmósfera de su aroma cerrado.
Me gusta pasear entre las estanterías de libros y acariciar sus lomos con gesto inquieto, a la espera de que alguna joya se me revele y caiga en mis brazos. Me gusta reposar en las sillas de madera de los bares irlandeses, y apoyar la espalda en la tranquilidad del marrón oscuro, de la buena compañía y del vaso de cristal que acerco a mi boca cada poco. Me gusta salir de esos bares y que todavía no haya oscurecido, que sean casi las nueve y esté en manga corta porque es verano; o tal vez todo lo contrario, que las compuertas del cielo ya se hayan extendido y las luces de Navidad se conviertan en nuestros astros, y tener frío, pero sólo en las manos y la nariz.
Me gusta el olor de la pizza recién horneada y de borde crujiente, parcialmente quemado e inflamado por la temperatura ardiente. Me transporta a trattorias pequeñitas, de manteles a cuadros rojos y blancos, jarras de latón sobre los aparadores y cuadros de pasta en las paredes. Me gusta el beso de la calefacción sobre mi cuerpo, cubriéndolo para que el frío quede fuera, al acecho. Me gusta no poder contener la risa, y que ésta salpique destellos como un manotazo sobre una fuente llena de monedas. Me gusta sentir sensaciones a través de mis sentidos.
The girl who was Saturday
Nació un sábado soleado en verano. Una niña que carcajeaba en su parque infantil, rodeada de los muñecos que ahora reposan en el trastero. Después, se enderezó y se sentó en una banqueta especial que la ponía a la altura de los mayores a la hora de comer, hasta que el dolor de sus espinillas avisó y le crecieron los brazos y las piernas. Entonces pasaba más tiempo que nunca en su cuarto forrado de pósters que reflejaban a gente sonriente y confiada como ella. Desde que contó la anécdota, de haber nacido el mejor día posible, sus amigas empezaron a llamarla Sat, una abreviatura de Saturday (sábado). Era la encarnación de la fiesta: adoraba salir, disfrutar de la música y bailar. Su grupo se contagió de ese humor efervescente, hasta que un día conoció a Domingo, un melancólico joven al que llamaban Sunday. Los cabellos de éste llameaban rojos y sus pupilas tenían el magnetismo de un millón de soles, pero su gesto era de continua preocupación, como si previera el chaparrón que iba a enturbiar su vida en cualquier momento. No sabía que una noche de sábado en pleno junio, cuando el sol parecía llevar más tiempo de lo habitual prendido en el cielo, iba a conocer a aquella chica de pelo negro y mirada brillante.
Te irás
Acércate. Vamos, ¡no tengas miedo! Unos centímetros más. ¿La ves bien? A ver, apartad la cabeza para que vea bien a la niña. Puedes descubrir un poco la manta, si quieres. Es muy suave, se la compramos en una tienda especializada para prevenir la alergia. Lo que hueles es la colonia de Nenuco que nos han regalado. ¡Papá, abre la ventana, que este olor nos está mareando! Mírala, si parece que sonríe con esos labios tan pequeñitos que están sin hacer del todo. ¿Qué, te animas a cogerla? ¡Haberlo dicho antes! Pero ten cuidado, por favor; sujétale bien la cabeza, sosténla en el hueco mullido de tu codo. Es bonita, sí. Tiene mis ojos, muy verdes. Y no para de observarte. Tú tampoco, ¡vaya embeleso tenéis! Espera, ¿a dónde vas? ¿Por qué te alejas del cuarto? Te he dicho que el pasillo está recién fregado, y que resbala. ¡Escucha! ¿No me estás oyendo? Si sales del portal ella saldrá de este libro y se irá para siempre. Mi niña. Lamento tanto tu intrusión, no tendría que haberte dejado entrar en estas páginas. Disuadirte con palabras feas como astringente, farfullar o graznido. He confiado en ti, y ahora te vas. Estás a punto de irte, te vas, has cerrado ya la puerta. Mi hija ya no está en su cuna, se ha vuelto a marchar.
Autobuses en invierno
Llegaba tarde, como siempre, el autobús. Un bloque cuadrado que asomaba tras la esquina, como un milagro, y se detenía para llevarlos a casa. Ellos lo esperaban en la parada, expulsando vaho y sujetando el asa de sus maletas, que traspasaban el frío a través de sus guantes. Ninguno hablaba, porque el cielo estaba demasiado triste. Las estrellas los miraban impertérritas desde lejos, y les lanzaban todo el vacío del espacio. Frente a ellos, un camino por el que a esa hora no circulaba nadie.
Qué tristes esos lugares, esos huecos que dejaban atrás cuando el vehículo se ponía en marcha. Se quedaban ahí, protegidos por los minutos helados de la madugada. Las casas los evitaban; las cortinas corridas retumbaban con las imágenes de la televisión, ahuyentándolos. Maitane pensó entonces en qué ocurriría si el bus nunca llegaba. Detrás de la cristalera de la marquesina, un parque lleno de hojas que crujían de miedo. La noche. Y ellos. Tembló con la imagen de lo que pasaría si a todos los demás los recogía alguien, menos a ella; si tenía que quedarse sentada, acariciando su maleta, reflejada en los cristales.
Azúcar
Entonces las nubes azules y blancas empezaron a rodar por una pista de azúcar glaseado, blandito, rebozándose. Se estaban cocinando, desplegando sus moléculas de aire, hinchándose de oxígeno, patinando sobre la atmósfera. Algunas tenían forma de espiral, otras de cangrejo, otras de máscara teatral. Tenían los carrillos bien inflados de ese azúcar con el que estaban espolvoreando el cielo el año que no hubo invierno. Para cubrir las calles, los aviones habían tenido que recurrir a aquella medida de emergencia. Echaron toneladas de azúcar sobre el cojín de las nubes, y esperaron a que éstas, solícitas, hicieran su digestión. El primero de diciembre, las nubes decidieron arremeter con su carga de dulzura. Los termómetros marcaban veinte grados y algunos paseantes lucían manga corta. Por eso, todos se quedaron mirando al cielo cuando escucharon el ruido de esa fina nieve que se iba posando, vertical, sobre sus cabezas. Poco a poco, el manto cubrió el suelo, los árboles y los tejados. Los niños se lanzaban a hacer bolas, y obtenían terrones de azúcar congelado en la caída. Cuando lanzaban sus armas arrojadizas, se chupaban los pegajosos dedos con deleite. El ayuntamiento, maravillado con el suceso, decidió posponer la llamada a los quitanieves. A aquel pueblo tan soso, tan triste, no le iría mal un poco de azúcar.