Ayer tocó intercambio de fotos. Aya vino a mi cuarto con su pen-drive, en Alemania conocido como Speicherkarte (algo así como tarjeta de almacenar, muy lógico), y me dijo: “Aquí, aquí, ¡¡donde pone “Iraide Foto”!! Y, con dos precisos clic, se desplegaron ante mí los momentos. Adoro ver fotos nuevas, instantes que recuerdo en la memoria pero que visualmente se me han difuminado. Hay una frescura, y una magia, en la recuperación de dichas fotografías. Soy de esos seres incansables que las repasan una y otra vez, pretendiendo alcanzar la ilusión de la novedad, a sabiendas de que eso es imposible; que tratan de encontrar algún detalle que se les había pasado desapercibido. Me hacen feliz las fotografías, e hice clic en varias gritando “¡oooooh, aaaaah!” hasta que me di cuenta de que Aya también querría las suyas.

La verdad, tengo muchísimas fotos suyas, y el caso es que ya se las había pasado casi todas. En realidad, tengo tropecientas fotos. Desde que una cámara digital cayó en mis manos como una bendición del cielo me dedico a recopilar momentos felices. Los Erasmus están pensados para eso. También me gusta encontrarme el perfil bueno, o conseguir fotos espontáneas, aunque ya la pretensión de lograrlas les quite toda la espontaneidad. Estas son actividades a las que me he dedicado, producto del aburrimiento, aunque he de reconocer que a lo largo de mis viajes he conseguido fotografías logradas, que van más allá de las sonrisas infladas y sonrientes en primer plano y el cacho de brazo extendido que sujeta la cámara.

En la carpeta de imágenes de Aya había fotos de ese tipo, de las muy buenas. También otras que, no siendo tan originales, eran graciosas. En otras, salgo bastante mal, pero eso se debía más bien al peinado horripilante y el look ojeroso que lucí alrededor de noviembre, y a los papos hinchadotes de tanto comer bien que ostentaba en febrero.

Aquí cuelgo alguna de esas capturas, que ayer me hicieron rememorar una y otra vez las situaciones divertidas, escarchadas o musicales de los últimos meses.