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Quizá entonces Julio 16, 2008

Posted by thebazaarofarts in Ensayos, Erasmus, Literatura, Littera, Personal, Vida cotidiana, Vida no cotidiana, pensamientos.
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La arena se deshilachaba con el murmullo del viento, y avanzaba poco a poco hacia la orilla. Fumaba un cigarro, cuyo humo se esfumaba en fantasmales guirnaldas. Tenía los brazos morenos apoyados en la terraza blanca, en la piedra fría. El contacto con la carne mullida le hacía sentir un poco incómoda, pero sus pensamientos volaban lejos de la molestia: se encontraban postrados frente al sol. El sol que se había agrietado en tres cachos, y creaba un gradiente rosado y naranja a esas horas del día. Eran las nueve de la noche, el aire soplaba caliente y traía olor a verano, como de azúcar quemado.

Llevaba la coleta rubia y lisa recogida en una goma a la altura de la nuca. Un vestido beis, playero, con flores amarronadas desperdigadas en la tela, un poco deslavadas a causa del uso. Y unas sandalias de cuero marrón, que le teñían la planta de los pies y despedían olor a cerrado. Mientras fumaba su tercer cigarrillo del día, pensaba. El sabor del humo, posesivo y espeso, se entremezclaba con la desazón que sentía. Frente a ella, un atardecer de los noventa en Alicante. Tras ella, el colchón azulado, de tela basta y sábanas frías, y una lámpara que siempre temblaba al encenderse.

Había recibido una carta. Una carta que no acababa de entender. Era de él, de quien hacía apenas tres meses había llenado sus huecos de nerviosa expectación; de quien la había hecho reír hasta rechinar los dientes y apretar los ojos de pura alegría; de quien la había acompañado, aunque fuera mentalmente, de probador en probador en busca de la fórmula para ser perfecta. Para ser exuberante como los tulipanes, para dejarle sin respiración.

Él, que se había marchado sin mediar explicación, quien de pronto recordó que allí de donde venía tenía una familia y unos hijos, que la había dejado con su sueño a la mitad, con el entusiasmo retenido en la garganta. Y ahora le llegaba una carta, ahora. Todavía no se había atrevido a abrirla. Aún no podía, le temblaban las manos, el aire fluctuaba con dificultad en sus pulmones, espantando hacia fuera el humo del tabaco. La mano que retenía el sobre lo estrujaba, nerviosa. Y después terminó arrojándolo a la cama, increpándolo con la mirada. Con los ojos fijos, tensos, como dardos. Sus ojos verdes de alemana. Como él la llamaba, “mi alemana”.

Ella llevaba apenas dos semanas en España cuando le conoció. Después de haber pasado varios años en Frankfurt trabajando como camarera en un restaurante, había decidido probar suerte en un país más caluroso. Desde siempre había soñado con las playas de la península, llenas, como pensaba, del encanto de las estrellas y los grillos, del aroma de guitarras y de fiesta. Así lo creía cuando se movía por el polvo gris de la ciudad alemana, en el barullo de su rutina. Tenía solo veinticinco años y solo deseaba conocer otras tierras, levar el ancla hacia un horizonte distinto, cosas que su familia tardó en digerir.

No hablaba apenas español. Cuando se conocieron, pudieron entenderse en inglés. Ella lo había aprendido en el colegio, y él, por asuntos de trabajo, había tenido que aprenderlo en dos años, una tarea que le costó sudor y lágrimas. Por temas laborales, también, había acudido a Alicante. Él era de Toledo, pero pertenecía a una importante multinacional que solía celebrar ferias en las que congregaba gente de distintas ciudades. Estos eventos, a los que acudían una cincuentena de hombres, eran la mejor ocasión para celebrar sus fiestas, sus comilonas y más de una vez para tener un idilio con alguna muchacha de Levante.

Él, Carlos, le pareció bastante reservado cuando, en una de las comidas de empresa, muchos de sus compañeros hicieron chanzas sobre el atractivo de las nórdicas, como ellos las llamaban. Solo la miraba fijamente, como si quisiera tragarla. La seguía atento, curioso por cuál sería el siguiente movimiento que iba a realizar. De pronto, se sintió escenificando una obra solo para él. Sus palabras iban a caer directamente a sus oídos, la maniobra de poner los platos eran una serie de movimientos ágiles para que los siguiera con los ojos. Su débil castellano, un esfuerzo por llamar su atención con su acento. Y Carlos, a cada paso, avanzaba con ella con la mirada. Pero no tratada de persuadirla, ni de intimidarla. Solo observaba, cómodo, como quien cree que es lo mejor que se puede hacer. Y eso a ella le gustó.

(Continuará)

Comentarios»

1. tathiana - Julio 17, 2008

está genial!!! lo has escrito tu?? me encantan las descripciones, son super claras lo imaginas todo como lo describes!!
Besotes

2. thebazaarofarts - Julio 17, 2008

¡¡Gracias!! Lo escribí ayer en un momento de inspiración, ahora queda darle cuerda a la historia. :)

Un besote!!

3. maialengarbizu - Julio 17, 2008

Un verdadero placer, ¡cómo siempre!
Vaya texto Ira, qué descripciones tan reales y qué ambientación tan increíble. La frase ganadora entre otras: “Y unas sandalias de cuero marrón, que le teñían la planta de los pies y despedían olor a cerrado.” Me ha encantado por que es algo tan normal y a la vez negativo que me ha dado la sensación de estar leyendo una crónica.
Bueno chica, con este estilazo que te marcas poco más puedo decir, Iraide forever and ever.
Que continúe y pronto.

¡Besos!

P.D.: Sí, sí, nos vemos en septiembre en el examencilo ese, can’t wait.

4. Iraide - Julio 17, 2008

Jo, mila esker!!! :D Voy a tirar del hilo como Ariadna, a ver si salgo del laberinto del Minotauro de la historia y sale un relato completo.

Un besazo!!!

Ira

5. Fusa - Julio 18, 2008

Pues ha tenido gracia empezar por el final y luego desvelar incógnitas de los personajes, no te creas. Algo así como La guerra de las galaxias, jajaja.

Voy a por el segundo.

6. thebazaarofarts - Julio 18, 2008

:D No sé, me vino así, la terraza, y ella apoyada pensando. A partir de esa escena ya se enrollará la historia. No sé si será final o no, veremos.

Un besote!!

Ira