Se sentó en la cama junto a la carta. Llevaba su letra. Hasta ahora no la había conocido. No, en aquel tiempo que transcurrió tan fugaz no hubo ocasión de escribirse nada. Toda experiencia era directa, tangible, en colores. El amor no pasó por el filtro de los trazos, no se hizo letra, no se hizo esperar. Estuvo allí, hasta que de pronto se esfumó. Él. Y ahora la carta. Veía a la carta como un holograma de él, Carlos pasado por un colador, enviado de forma reducida para no acercarse del todo. Manteniendo las distancias.

Le daba asco. Miraba la letra puntiaguda con desprecio. Laura Müller. Los puntos de la diéresis ascendían triunfantes, como el gas del champán descorchado. Pero ella solo se veía caer, cóncava, se veía hundida en la almohada, llorando, con el verde irritado en los ojos. Junto a ella, el despojo de Carlos. La carta. No tenía deseos de abrirla, no quería ni tocarla. La guardó en el cajón de su mesita, bien escondida entre botones sueltos, cinturones, calcetines desparejados y bonos de transporte caducados. Las cartas también tienen fecha de caducidad, y esta estaba pasada antes de haber siquiera abierto el envase.