Un reloj de doce horas Julio 19, 2008
Posted by thebazaarofarts in Ensayos, Erasmus, Littera, Música, Personal, Vida cotidiana, Vida no cotidiana, pensamientos.trackback
Setiembre, 1:
“Sal, y prueba a abrir la puerta.”
Salió. Tiró del pomo con todas sus fuerzas para que se cerrara. POM. Metió la llave, empujó. Desesperó. No se abría.
Abrieron desde dentro. “Prueba otra vez”.
Sudaba de impaciencia. Abrir no podía ser tan complicado. Esta vez tiró hacia sí, después empujó y la puerta avanzó ligera. “Ya has aprendido a abrirla”.
Una hora después, estaba dentro de la habitación. Y ellos salían. ¿Por qué había querido entrar con tanto ahínco? Solo deseaba salir, salir, perseguirlos, agarrarlos del abrigo y rebobinar la escena. Solo quería volverse, enrollarse en el tiempo, rápido como una carrete de cine antiguo. El reloj transcurría hacia delante.
Octubre, 16:
Iba buscando un edificio. Daba las clases allí. Se llamaba Mehrzweckhalle. Se bajó en una parada que no correspondía. Preguntó. Anduvo, y anduvo. Llegó, entró. Había mujeres adultas que salían de allí. Las puertas eran pesadas, el lugar olía a panteón y había un gimnasio. No había rastro de nadie que fuera a dar la clase. Salió a la calle y se sentó en un banco con un libro, a esperar. No sabía muy bien a qué. Leía “El Barón Rampante”, de Italo Calvino. Al poco llegó una chica. No, no había nadie más para la clase de traducción, ni el profesor. Seguramente las clases empezarían la semana siguiente. No se volvieron a ver, pero las clases empezaron siete días después.
Noviembre, 24:
Paseaba por las calles de Berlín con una sonrisa pizpireta. Los semáforos se revolvían entre las luces y el tráfico. A todos se les veía un poco asombrados. Berlín, el frío, el mercado de Navidad, las tiendas. Eran un grupo de treinta personas, gente de todos los países con gorro, guantes, bufanda y abrigo. Una semana en Berlín, en un hotel de mil estrellas. Era feliz.
Diciembre, 31:
“El Corte Inglés debería abrir hasta más tarde este día”, pensaba, mientras, quince minutos antes del cierre, cogía dos camisetas de fiesta y unos pantalones negros que le parecían demasiado serios. Era su primer cotillón. Se probó la ropa, una de las camisetas tenía lentejuelas y le arañaba los brazos a medida que se la iba ajustando. Sí, esto va bien. Y los pantalones. Me largo de este sitio, lo odio. Quiero ir a mi casa, quiero cenar.
Las cenas de Nochevieja le gustaban mucho. Eran menos que en Nochebuena, pero no había nada tan especial como las uvas, la espera, el año que estaba por llegar. Y a la una, escuchar el admonitorio timbrazo. “Ira, ¿bajas?” Su amiga A., que cenaba en la casa vecina, y la esperaba para ir al centro. Y ahí que bajó, una Ira envuelta en rizos, con sus lentejuelas. “Cómo cambias, hija, a poco que te arreglas”. “Ya sabes, el pelo bien puesto y el deshacerme por un rato de las gafas. Es la solución”.
Bailaron y bailaron. Los amigos, ella, y él. Al final él y ella acabaron comiendo churros con chocolate en el café de siempre. Las temperaturas se habían escarchado, hacía frío. Pero había sido una noche fabulosa.
Enero, 7:
Llegó a la puerta, la puerta de la que había que tirar dulcemente. En el pomo había una bolita de Navidad. Era de chocolate. Y una notita: “Hey, Happy Christmas! From Julie”. Todavía la conserva. Su vecina irlandesa se estaba granjeando un sitio en su corazón. Entró al cuarto y no se sintió extraña. Era ya suyo. Cenó, tomó té, quizás. Tenía un libro entre manos: se llamaba “Nubosidad variable”.
Febrero, 16:
Estaban sentadas en el suelo viendo una película japonesa. Se llamaba “Dororo”. El moño de Aya y ella misma estaban absortos en la pantalla. Ira también. A veces iba a echarse un poco más de té en su tacita, que estaba sobre una bandeja en una mesita a su izquierda. Luego ellos, sus padres, entraron en la sala. Fue con ellos en el sofá. Cómo amaba arrebujarse allí. Aya seguía en trance. La contemplaban, y al hacerlo un cariño instantáneo se apoderaba de ella. Daban ganas de protegerla, de enmarcar aquel instante entrañable. Ella, frente a la valiente luchadora nipona Dororo.
(Ahora el reloj marca las seis: tic, tac, tic, tac…)
Marzo, 28:
Hemos acabado el cursillo de alemán. Llevábamos un mes entero con las caras dormidas y una rutina escolar. Lo hemos celebrado comiendo especialidades de cada país. Anoche cociné tortilla. No tardé tanto. Es la tercera que hago, una por cada final de cursillo. Justo me despedí de mis padres, que vovían a España, y fui con Aya al supermercado, a cargar con un kilo de patatas.
Esta noche salimos de fiesta. Hay fiesta española y por fin nos vamos a juntar todos los Erasmus. Voy a llevar mi camiseta de Londres, comeremos en una cervecera alemana, salchichas y patatas asadas, con la mostaza tan picante de aquí. Y Cris y Adri se disfrazarán de doctoras, y pasarán la noche en uniforme azul. Y bailaremos, y brindaremos, nos subiremos a la barra a hacer el tonto, y será una página que habremos pasado, y un intensivo de alemán que por fin ha acabado.
Abril, 15:
Paseo por Bilbao y hace un calor horrible. Pienso en las asignaturas para el próximo semestre. Hay una sobre “Entre visillos”, de Carmen Martín Gaite, quizá vaya. De momento compro el libro. Llevo la camiseta de “Pequeña Miss Sunshine”. La compré en Estocolmo, me pareció tan graciosa… Me aburro, me aburro mucho. El sol me aporrea la cabeza y siento que la languidez se posa sobre mí. No sé qué hacer estos días, estoy hastiada. Necesito volver a la rutina desrutinada de Würzburg, necesito volver a sentir que voy a bordo de una tabla de surf que me lleva vete tú a saber dónde.
Mayo, 10:
Me he dormido. Ayer nos despedíamos de un amigo y levantarse a las siete habiendo llegado a las tres no tiene sentido. Cogeré el próximo tren. Hoy voy a visitar a Amaya. Todavía no me lo creo. Llevamos todo el año en el mismo país pero no me hago a la idea de que esté a tres horas en tren.
Me sale barato el regional. Solo 13 euros ida y vuelta. Para ir a Mannheim, no está mal. Me encuentro con mis amigas rusas. Van a Heidelberg, que está a veinte minutos de la ciudad a donde voy. Vamos juntas y leemos por el camino. Leo “Dracula”, de Bram Stoker. Dentro de dos semanas tendré que hacer una presentación sobre el libro.
Amaya está nerviosa al otro lado de la puerta. Me pongo la primera, tengo prisa por saludarla. Emoción, sonrisas, flashazos. Paseamos por una ciudad que es sol, parece un caluroso día de verano. Estamos nerviosas. Amaya no deja de sonreír y de hablar. Comemos en un wok, veo su cuarto, conozco a su novio, a su mejor amiga francesa. Seis horas. Estamos en el andén esperando a mi tren. Cansadas. Amaya me mira como se mira a las luces intermitentes. Ahora estás, al instante siguiente no vas a estar. Yo en el tren, ella al otro lado. Retenemos la puerta con el pie.
Adiós Amaya, el tren se aleja, se aleja… Leo “Dracula”, o eso intento. En el transbordo me encuentro con unas Erasmus italianas de Würzburg. Reímos y les enseño a cantar el chiki-chiki. Falta poco para Eurovisión. Intento dormir en el tren. Estoy tan cansada…
Junio, 22:
Cuartos de final. Un porrón de españoles en dos mesas en el Enchilada. Comemos, hablamos y gritamos. Casi no quedan sentidos para concentrarse en el partido. Menos al final. Penaltis. Hemos apurado la presión hasta el último momento, como quien saca toda el agua de una jeringuilla. Ya, ya, sí, ganadores. No, espera. Sí, sí, que sí, venga, campeones, estamos en las semifinales ya antes de estar, sí, ya estamos. Ganamos. Qué alivio, qué alegría. Gritos y saltos, abrazos. Los italianos refunfuñan.
Julio, 19:
Delante del ordenador de la biblioteca. Terminando un trabajo. Hasta el gorro. pero recordando. El reloj va a dar la vuelta dentro de poco. Qué rápido ha pasado todo esto, justo lo que se tarda en contarlo. Y a la vez qué lento. Sigo escribiendo, y el reloj sigue avanzando. Tic, tac, tic, tac…





y ahora solo falta una hora…
Cómo acojona…