Donde nos lleve el viento. Si imagino el aeropuerto de Santander el suelo brilla y las maletas ruedan. Hay un tinte amarillo de sonrisas y eficiente limpieza, como si hubieran depurado el aire o hecho más simple el espacio. Luego sales al aparcamiento sin saber bien qué decir, qué contar, qué te depara el futuro. La música y las estaciones de radio fluctúan a la par que los kilómetros y el paisaje es más verde, oscuro como un animal agazapado. Sus rostros y sus risas son familiares, te hablan de un día a día que promete ser tuyo, de un abanico de actividades pasadas por sol. Y tú te quedas mirando la gris carretera, mientras escuchas, mientras te contemplas. Te han transportado kilómetros más allá, entre nubes y anuncios de Ryanair, y estrés y hambre y libros. Piensas en un més parduzco de número 8, que viene en bloque de tres decenas más un día. Agosto, frío en rostro. O calor de playa, sacudida de chancletas frente a la titilante barandilla de la playa, toalla en mano. Agosto, para cuando te despiertes. Agosto, embebido en reflexiones frente a las olas que rompen, después de comer. Paseos chapoteando los pies en la orilla, llenando la arena de irisaciones. Luminosidad en la espalda, olor a crema salada, páginas con gotelé de arena. Agosto, agosto, agosto… Sigue clavada la imagen en la retina, pero tienen que recordar los demás sentidos.