Las estrellas Enero 25, 2009
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Un texto que escribí sobre mi última noche en Würzburg.
Las estrellas se posarán sobre ti por la noche, cuando vayas poquito a poquito hacia tu casa con un kebab caliente en la mano y una lata fría de Coca-Cola en la otra. Las estrellas velarán por ti cuando recorras las calles de invierno y piedra un poco encogida bajo tu mullido abrigo beis. La fiesta te habrá dejado exhausta, y seguirán los cascabeles de la risa acompañándote un ratito, fantasmagóricos en el camino. Después harán el recorrido contrario, hacia el puente, por las vías del tranvía. La tristeza es de niebla por las noches en diciembre y no le gusta ser interrumpida por las carcajadas. El kebab, masticado por tus muelas ágiles, se irá quedando frío y al subir los últimos peldaños hasta tu apartamento, un poco mareada por el vino joven, notarás la melancolía que gobierna la escalera.
Es la noche de la soledad, la noche de la despedida, del adiós, del abandono. Una noche que sucede al día y que precede al día siguiente, pero que para ti supone el filo que corta dos rodajas de tu vida. Ya no beberás más de esta fuente, ahora te tocará volver a otras que manaron para ti hacía un año. Tendrás que abandonar esta ciudad, y este cuarto, dejarás de ser habitante de este mundo para ser devuela a la realidad. Va a ser una noche larga, así que disponte a dormir. No tengas miedo del sueño que, como un vaho, te aspira y entumece tus músculos. Al despertar, temprano al amanecer, tendrás que irte como los exiliados. Al otro lado de la puerta sabrás que nunca más tendrás la llave para traspasarla. Adiós, adiós, no regresarás.
Y te irás deshilachando la madeja que fuiste cosiendo. Dejarás la ciudad, el país, y surcando los aires volverás a tu cuna, a tu mundo de siempre. Y allí te sentirás arropada por habitaciones que no se resisten, que no requieren la llave mágica; te sentirás acunada por el susurro de los nombres familiares; te mecerá la brisa más benigna. Pero al de poco tiempo, menos del que piensas, los recuerdos volverán a aflorar: recuerdos de aquella fiesta, memorias de aquel kebab. Memorias de aquella que eras tú, recordando cascabeles risueños en la noche tranquila y helada, sola en un paisaje remoto.

Stress, the invader Octubre 16, 2008
Posted by thebazaarofarts in Erasmus, Personal, Vida cotidiana, Vida no cotidiana, pensamientos.5 comments
Hace tiempo que este blog no se refresca con la brisa de las palabras, con la mecánica de las frases ni con el sonido de los fonemas. Es la carga de trabajo. Las clases han empezado, y mi clasificador rojo de apuntes padece de sobrepeso. Después de la tranquilidad Würzburguesa, donde mi mayor preocupación era mi manutención, y con todo lo relativo a mi supervivencia (comida, cobijo, conversación y contribución monetaria) en manos de mis amados padres solo me enfrento a madrugar cada mañana y acometer mis tareas.
No es tanto, pero cansa. Y por ello, despotrico y me quejo. Sobre todo, me quejo del mosquito zumbón de los deberes, que me azuzan cada día, susurrándome al oído que si no los barro a tiempo se convertirán en montañitas de hojarasca como las que piso mientras camino por el otoño bilbaíno.
Tenemos muchos, muchos deberes. Cositas chiquitinas, puntillitas, pero que, una vez te pones con ellas, llevan más de lo que pensabas. Y, a pesar de ellos, no quiero renunciar a mi tiempo libre. A las llamadas telefónicas, al ratín de sobremesa, a ir a una cafetería a charlas, a estudiar un idioma… A descansar un domingo. Estamos como el el cole, con la tarea diaria, y aunque la evaluación continua nos venga bien para no estar ahogados en febrero, creo que la carrera podría plantearse de tal modo que, con trabajos y todo, podamos ser un poco más independientes en cuanto a nuestro método de estudio. 2/3 horas de deberes diarias no me parecen lo ideal, sobre todo con chavales de 20 años.
Antes mi vida se reducía a los estudios y poco más, pero ahora ya no. Que tomen nota del sistema europeo, es un modelo ideal.
Die Überraschungen (las sorpresas) Octubre 2, 2008
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Cuando uno va a hacer algo, lleva a menudo una coraza que conocemos por el nombre de “predisposición”. La “predisposición” nos da seguridad: lo voy a hacer hoy, a esta hora, seré eficaz en mi propósito. También nos hace prejuzgar cómo va a ser la tarea a realizar: con quién nos encontraremos, qué es lo que veremos, etc. Es como si configuráramos la realidad, como si la deglutiéramos en paquetes cuadrados, bien precintados y bien precisos.
Creedme, cuando te vas de Erasmus lo primero que pierdes es la predisposición. Cambian tanto los parámetros, la brújula, el entorno, los autobuses y la gente que acabas sin saber quién narices eres. Desposeído de las circunstancias habituales, ¿qué es lo que queda de nosotros? ¿Qué somos sin la predisposición? Al principio, unos indispuestos. Lo sé porque yo iba herida, sin rumbo, como un pajarito despavorido y sin abrigo. Y no por sentirme extranjera, sino por sentir una indisposición que tapona y oprime la tripa, por sentir que lo conocido se ha marchado corriendo y se ha estacionado kilómetros abajo.
Pero, a la larga, la falta de predisposición es buena. Descubres que la vida es un tapete más amplio. Un tapete verde, como los de jugar a mus, en el que te puedes recrear, decidir formar un solitario, una escoba o un chinchón. Eso te proporciona la estancia en el extranjero. Lo digo porque hoy he ido a la universidad tan poco dispuesta que me ha sorprendido hasta a mí. Aturdida mirando a la gente, con la sensación de pertenecer a otra órbita, a otra constelación, de no ser parte de la maquinaria que hablaba, que llevaba carpetas en la mano y que subía y bajaba escaleras.
Solo tenía la libre elección. De libre, poco. Más bien podría llamarse la “no me queda otra elección”. Este año se trata de literatura gallega. Si en primero de carrera lengua gallega me acompañó, este año lo harán autores, cultura y gastronomía y demás exquisiteces de Galicia. Vaya, que si para el próximo año no he ido a Santiago, disfrazado de meiga o atisbado Fisterra reviento.
He llegado con 20 minutos de antelación, sin saber muy bien a dónde ir. El papelito donde apunté en qué aula se impartían las clases estaba perdido y sin rumbo y no había ningún otro sitio donde se me indicara a qué piso tenía que subir. Así que he vagado, con mi aturdimiento y mi despiste a cuestas, sin saber muy bien qué hacer.
He entrado en la librería de la uni. Ahora la han cambiado, la lleva una empresa que además de proporcionarnos la literatura que mandan en clase también tiene novedades de las editoriales, e incluso libros de viajes. Ya tengo bastante empacho librero desde que estoy en Bilbao, así que me he dirigido sin vacilar -a nadie, jeje- a la sección de Filología Inglesa. Cuál ha sido mi sorpresa al ver que había una pila de libros… AUF DEUTSCH!!! En alemán!!! Son los primeros que he visto…
Lo considero una llamada del destino, creo que voy a comprarles alguno.
Luego he salido de la bookshop -que no library, que eso es biblioteca-, y he ido a sentarme a un banco con “Los parentescos”, de la Gaite. Leyendo estaba mientras a la vez contemplaba a un par de Erasmus enfrascados en su portátil. Ellos sí que viven al margen del tiempo, en una rutina ajena, apartada de nuestro cuadro horario. Conozco sus horas, deshilachadas y desprendidas, y los envidio.
(Día 2 de octubre: continúo con la narración)
Total, que al final me encontré con T., una amiga que cursa 2º de Filología, y casualmente sabía el aula donde yo tenía que ir a Literatura Gallega, cuatro pisos más arriba de donde estaba. Y ahí que me fui, con retraso, y abrí tímidamente la puerta. Ahora hay un profesor nuevo, jovencito, gallego. Con acento. Es gracioso. Y solo había unas siete personas, entre ellas tres chicas norteamericanas de un programa de intercambio. La pregunta que me formulo es cómo van a lograr entender nada en “galego”. Me reconcome la curiosidad.
Y ahí que me fui tras quince minutos de presentación y habiendo escrito lo poquito que sé de Galicia. El miércoles que viene descubriré más. Hasta entonces, y ya enfrascada en la triste rutina, me centraré in the English, en su evolución, sus dialectos y la leche que le dieron.
Endlich (por fiiiiiiiin!!!) Octubre 1, 2008
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Por fin tengo tiempo para dormir a pierna suelta (diez horas, no está mal
) y por fin puedo escribir en el blog sin prisa, presión y premura. Ya hace una semana que volví del mítico Würzburg, la ciudad bávara, antaño fortificada y hoy día rodeada de viñedos.
La despedida fue bastante pasiva y chamuscada por mi parte, ya que me fui con un sueño del quince, con olor a lejía en las manos y cabreada con el Hausmeister (casero), pero las dos semanas que pasé allí fueron activas y merecieron la pena, ahora lo echo mucho de menos.
Los días precedentes al día 24 los pasé limpiando. El casero me había dado un papel donde figuraba una larga lista de cosas que tenía que frotar, barrer, desinfectar y descongelar y a su lado los productos que debía emplear para tal fin. Descongelar la nevera, limpiar las cortinas o lavar la funda del colchón fueron tareas que tuve que compaginar con la exportación, donación o directa exterminación de mis objetos personales. Doné ropa en cantidades industriales (los de la asociación tienen que estar a cuadros), tuve que tirar libros a causa del sobrepeso (lo que me dolió como si me quitaran el brazo), y para colmo tuve que enviar tres paquetes vía DHL, en los que “solo” me cupieron 20 kilos de bienes personales. Si quería cajas más grandes, tendría que haberme valido de un hombretón que las transportara (no tenía ninguno a mano) y de las cajas mismas. Solo se encontraban en un pueblo a 7 kilómetros, al que fui para encontrar pabellones industriales cerrados.
Tal era mi desasosiego después de esta apabullante tarea, y tal mi carencia de horas de almohada, que cuando el casero vino a las 7 de la mañana (porque yo insistí) a ver mi cuarto y me dejó en el pasillo, sin llaves y con mis dos maletas mirando la puerta de mi habitación cerrada, me entraron ganas de insultar y pegar. No se dignó a desearme buen viaje, ni a ayudarme a bajar una maldita maleta, así que mi despedida número 2 fue más agria que la número 1 en julio.
Sin embargo, no todo fue malo durante la estancia. Los 5 primeros días estuve con Patri, viviendo las dos como chicas independientes, y después la relevó mi María gijonense, que ahora está enfrascada en su carrera (biotecnología, ahí es nada) en Salamanca. También tuve la oportunidad de ver a mi mañica Cris, al elenco de españoles permanentes e incluso fui de fiesta a ver a Marquess y a bailar a la discoteca-barco.
Y, por descontado, pude despedirme de la ciudad con una super cena junto a María en nuestro mexicano Enchilada, con un cocktail de postre. Una pena, decir adiós, sí.
Y, desde que llegué a Bilbao, no he parado. La semana que pretendía ser vacacional y muelle se ha consumido entre papeleos, cine, cenas y actividades diversas. En cuanto llegué el miércoles fui a la radio, porque iban a entrevistar al guitarrista de un grupo que me gusta mucho. A continuación, fui con A. a tomar un bocadillo y mis ojeras me llegaban hasta la silla. En cuanto entré en casa, hice sprint hasta la cama.
Al día siguiente ya no paré. Proyectos universitarios, nervios, intriga, dolor de barriga… Varios de clase hemos hecho todos los papeleos para presentarnos a una beca de colaboración con el Gobierno Vasco. Si nos la conceden, estaríamos ayudando en un departamento de la uni y trabajando en un proyecto de nuestra elección. El mío consiste en analizar los usos del lenguaje en los medios de comunicación del Reino Unido y de los Estados Unidos. Todo con tal de no despegarme de lo mediático y periodístico. Trabajaríamos también a modo de becarios, echando un cable al profesor que nos tocase.
Además de todo eso, he visto dos películas que os recomiendo desde ya. La primera de ellas es “El niño con el pijama de rayas”. Seguro que más de uno habéis oído hablar del libro. Se lee en un pispás, engancha y conmueve. La película más, os lo aseguro. Nunca lo he pasado tan mal viendo una peli, pero el objetivo lo cumple con creces. Las interpretaciones de los actores son impecables, la visión del holocausto desde los ojos inocentes de un niño resalta más si cabe el horror del genocidio perpetrado por los nazis y la película, gracias a sus imágenes, que a veces parecen fotografías por su belleza y su coloración, impacta más que la historia de John Boyne.
La segunda película que he visto es la de “Los girasoles ciegos”. Esta vez, al contrario que con “El niño con el pijama de rayas”, la novela de Alberto Méndez merece más la pena que la producción de José Luis Cuerda. Y no significa que el director haya sido malo, que para nada, sino que la novela narra cuatro historias, mientras que la peli se centra en una y muy someramente en otra. Eso hace que se pierda la belleza del conjunto. Además, escenas agrias del franquismo hemos visto muchas, tonos sepias y austeros también. No suena a nuevo lo narrado. Destacaría, así todo, la actuación de Maribel Verdú. Me encanta.
Esto es todo desde los lares bilbaínos. Tenía mono de escribir aquí, creo que se nota por la parrafada que he soltado. ¡¡Menudo batiburrillo de semana!!
Unexpected Septiembre 21, 2008
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Hoy he salido como manda un sábado, y he llegado a las 3, aunque parece que haya llegado a las 7, porque llevo desde las ocho y media fuera (horario alemán). El motivo… Hemos ido a ver el concierto de Marquess. No sé si recordáis el grupo alemán que pretendía cantar en español… Pues han estado en Würzburg. Mañana detallaré su actuación, que se las trae, y la fiesta posterior. Me gustaría escribir un artículo más largos, pero mis párpados son los de alguien recién levantado cuando aún no me he ido a dormir. Tomorrow queda mucho por hacer, y aún no he conseguido bolsas de cartón de tamaño medianamente decente para meter mis cosas
Narraré también hasta dónde he ido a por ellas, vais a flipar…
Gute Nacht a todos, buenas noches.
Ira
Los chicos del coro Septiembre 19, 2008
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Los chicos del coro es una película francesa que os recomiendo a todos. La vi hace unos cuantos años en el cine con mi padre -un 3 de enero, vacaciones de Navidad- y me emocionó tanto que me compré el CD a la vuelta de dichas vacaciones. Vois sur ton chemin, lumières oubliées, egarées, donne-leur la main pour les émener vers d’autre lendemain… No se me olvidaba la voz de crío que tenía Morhange, el protagonista, un niño rebelde al que uno de sus profesores le descubre, por arte de birlibirloque, una voz angelical, espléndida, que hacen que se ericen los pelos de la piel.
Y unido a esto, me he acordado del placer que experimentaba al cantar con el coro. Era una gozada empastar las voces, ver cómo quedaban todas las cuerdas conjugadas, sobre todo en canciones en las que iban a la vez -el contrapunto renacentista me parecía un coñazo, mientras que lo más cantabile me parecía una delicia. Estuve durante nueve años allí, y hubo una época en la que íbamos a concursos. Fuimos a Avilés (Asturias), a Autol (La Rioja), a Benasque (Huesca)… Todos los “choristes” en un autobús de dos pisos. El piso de abajo lo consagraban a los padres, que solían bufar a causa del cansancio y del calor. Y a veces el director nos mandaba sacar las partituras para ensayar durante el viaje, sin darse cuenta que los de los asientos delanteros (sopranos y contraltos) eran incapaces de oír a las tenoras (carecíamos de tenores, ellas se llevaban el mérito) y a los bajos. Era divertida, aquella época, y algún premio cayó, como por ejemplo en el concurso de Avilés, que quedamos terceros. Éramos jóvenes, yo tenía 12 años tan sólo, y desfilábamos nerviosos con nuestras camisas blancas y pantalones negros, vestidos como pingüinos. Qué de anécdotas guardo de aquella época.
El coro se llamaba Carpe Diem y estaba dividido en dos categorías: grupo oro y grupo plata. En el “plata” estaban los más pequeños. Yo estuve allí durante tres años, cantando canciones infantiles que sigo adorando, muchas de ellas de Jesús Guridi. Hablaban de la vacación, del verano y de sentimientos alegres. Con 11 años entré al grupo oro, en el que ya la dificultad de las partituras subía. Ahí ya se nos gritaba, increpaba y exigía, y un poco borregos transigíamos. Por suerte, el ambiente entre los compañeros era bueno y los resultados también.
Pero lo más bonito era nuestro nombre: éramos el coro Carpe Diem. Enarbolar ese título era un lujo, qué bien sonaba. Carpe Diem, pues, vivir el momento, como decía el profesor de El Club de los Poetas Muertos.
De vuelta a Los Chicos del Coro, os dejo aquí la canción que más se repite a lo largo de la película. Atentos a lo bien que canta Morhange
Búho Septiembre 19, 2008
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Soy un búho. Ayer me acosté a las cinco con intención de echar la siesta, y me he despertado a la una como si renaciera a una nueva mañana oscura y nocturna, con el consiguiente resultado de que son las cinco y no me puedo dormir. Tal era mi cansancio, que de madrugada he despertado feliz y embobada, con un montón de mensajes acumulados en ambos móviles y la sensación de haber descansado.
Y ahora soy un búho. Ululo a los ruidos tras la ventana, y escribo. Ya que el sueño no me atrapa porque me ha tenido sujeta demasiado tiempo, me deja suelta frente al cúmulo de horas que solemos dedicar a desaparecer. Y estas horas son, precisamente, las más adecuadas para hacer aquello que nos gustan, para desencadenarnos de las obligaciones que la rutina ha ido construyendo en torno a nosotros.
En este horario que más que alemán parece japonés -un saludo a los japoneses que ahora mismo estarán comiendo-, os actualizo la rutina futura que va a gobernar mis últimos días en Würzburg: limpiacristales, limpiabaños y limpiacocinas. Ayer a la mañana pasó por mi casa el Hausmeister (maestro de la residencia, o de la casa) y me entregó una lista con las tropecientas cosas que tengo que lavar, frotar y descolgar. Así que, mocho en mano y con música de acompañamiento, me dedicaré esplendorosa a la tarea. El miércoles, cuando duerma en mi colchón ergonómico, no me lo voy a creer
Aparte de eso, me preparo para la re-despedida de M. Ayer pasé por el Müller y estuve mirando cositas en la sección de papelería para comprarle alguna. ¡¡Cómo me entretuve!! Adoro los colores que gobiernan el mundo de las postales, los libros, los cuadernos… Hasta confetti encontré (que también lo compré). Pero lo más maravilloso de todo fue una máquina que no sé si estará en Bilbao, pero de la que quiero fardar. Abrid vuestros oídos porque…
Con solo meter la tarjeta de memoria de mi cámara en una ranura… Pude revelar fotos al instante y hasta cambiarles el color o recortarlas. Yo pensaba que me iban a dar un ticket o algo para llevarlas a un mostrador y que como mucho, me dirían: en una hora las tendrás, guapita. ¡¡Pero no!! Los alemanes no acostumbran a piropearte y además, de repente la máquina comenzó a emitir ruidos gástricos. Me llevé un susto, hasta que vi que las fotos iban cayendo una a una, un poco dobladitas como cuando doblas las cartas para hacer una torre con ellas.
Así que, tengo 28 fotos en mi haber y en papel, como a mí me gusta. Y, volviendo al tema del regalo de M… Tuve una revelación. Un peluchito adorable que me ha acompañado dondequiera que viajo pero que esta vez se ha quedado en Gorliz haciendo compañía al peluchito de mi hermana -del mismo género y color- se apareció replicado en Würzburg. Se trata de mi oveja Mapple, que compré en Frankfurt un 17 de noviembre. Cómo me alegró ver a su réplica clonada en Wü, como si fuera una Dolly cualquiera. No lo dudé un instante, y esta Mapple 2 es para M., para que se acuerde de mí, la alegre cuando esté triste y viaje con ella dondequiera que vaya, que seguro recorrerá mucho mundo.
Y esto es todo desde la morada del búho, el resto de la tarde ha estado acompañada de un sueño tan plácido como inesperado, desconocía esta capacidad para unir un día con otro.
Al norte del norte Septiembre 14, 2008
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Desde el norte, en este mundo que gira y gira alrededor de un sol, por lo cual siempre estamos viajando, veo los días pasar. He vuelto al norte del norte, a Alemania. A Würzburg, la ciudad impasible, el balneario, el bálsamo de tranquilidad. A mi habitación, cargada de más libros y más ropa de la que pensaba. A los autobuses, traqueteantes como siempre. A los restaurantes, y a las inevitables charlas con María. Porque una de las cosas más importantes es que ella también ha venido de su norte asturiano para unirse conmigo en esta otoñal Alemania.
Yo ando con abrigo, con boina, ataviada de invierno. Ella maldice el frío bajo su chaqueta vaquera. Y yo sonrío, y me sorprendo, de que la Tierra haya dado un giro completo alrededor del sol, desde que aquel 15 de setiembre, un domingo, comíamos un bocadillo de salchicha bratwurst, y después paseábamos por ciudad de fiesta. Desde que me fotografié frente al cartel de los helados, donde ofrecían tres bolas a dos euros. Cuatro estaciones, cuatro trechos que hemos andado juntas, pese a los viajes. Y ahora volvernos a ver, tras el verano.
Pero la vuelta trae cosas nuevas. No soy la misma. Me siento un poco rara aquí, después de todo el tiempo que he pasado en casa, con la familia; pero no la rareza de vivir solo por primera vez, la desazón y el vacío que en principio me producían. Ahora tengo un año más, el pelo dos palmos más largo, y conmigo ha venido una amiga, mi super-P de Patri, que desde el lunes hasta hoy me ha acompañado por tierras germanas. Hoy ha marchado en el tren ultrarrápido, y me ha gusto la despedida, porque me he despedido sonriendo, contenta de lo bien que nos lo hemos pasado. Hemos visto Rothenburg, ciudad en la que, cada vez que voy, descubro algo nuevo. Era mi cuarta vez allí, pero sigue sin cansarme. También hemos estado dos días en Munich, otro lugar que he pateado tropecientas veces este años, pero que a causa de su enormidad me sigue gustando -aunque me quedo con Berlín. Y hemos descansado, porque no había prisa por verlo todo, ya que Patri había estado aquí hace unos meses.
Hemos cenado en casa, hemos cenado en la calle, hemos leído, hemos jugado al ordenador… En definitiva, que lo hemos pasado pipa. Y ahora me quedan días que derrochar y disfrutar. Cinco de ellos haré un cursillo intensivísimo de francés por las mañanas: cinco horas al día para refrescar mis conocimientos. Y después de esas 5*5=25 horas de infarto, dedicaré los cinco días restantes a:
a) Redespedirme de gente.
b) Trabajar
c) Dormir
d) Limpiar mi piso y hacer papeleos
Y después… Una semanita de vacaciones en Bilbao y vuelta a la rutina universitaria. Por otro lado, ¡¡ya es hora, son ya 16 meses sin la rutina de Deusto!!
El bucle de la tortilla Septiembre 5, 2008
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Hoy me he levantado un poco más tarde, cosa que se agradece, y, después de acicalarme, desayunar y distraerme -más distraerme que desayunar-, he cogido el autobús a la universidad. Esta vez solo iba a realizar un trámite corto: este año van a conceder cuatro becas de colaboración con algún departamento de Filología Inglesa. Se supone que nosotros elegimos cuál es la labor que vamos a desempeñar en dichos departamentos, ya sean de literatura o lingüísitca -no sé si hay alguno más. El trabajo es de 15 horas semanales, pero por lo que nos han contado suelen ser menos.
Después de coger este papel, he ido hasta la plaza de San Felicísimo en Deusto. Ahí había quedado con mi amiga L. Nos conocimos con 10 años, en 5º de primaria, en el colegio. Congeniamos muy bien, aunque no nos parezcamos mucho. Ella estudia medicina y adora la historia; yo estudio filología inglesa y amo la psicología y la música. Su carácter es nervioso, yo voy con más tranquilidad por la vida. Pero es una amistad que no se desgasta. Aunque pasemos un par de meses sin vernos, en el reencuentro nada ha cambiado. Es de esas amistades perennes.
Total, que mi amistad perenne y yo hemos ido a La Salle, nuestro ex-colegio, a saludar a los profesores. Después de encontrar a algunos de ellos y ponerles al corriente de nuestras vidas, L. ha tenido una idea, a mi juicio, estupendísima: ir al café donde solíamos ir todos los de nuestro grupo en los recreos, ese maravilloso lugar donde nos servían un bocadillo de tortilla blandita, en su jugo, que llenaba nuestros buches y alzaba el alma hasta el techo.
Frente a la barra, he pedido dos mostos. Estoy a dieta de Coca-Cola y la he empezado a sustituir por el zumo de uva y por el agua, por eso de que en Würzburg me inflé un poquito y tengo que eliminar las consecuencias de tantos festines y cócteles. Y entonces, la camarara ha dicho una frase mágica: “TENEMOS TORTILLA, ¿EH?”
Me he quedado ojiplática. ¡Eso significaba que se acordaba de nosotras! De los miembros de ese grupo que día tras día se reunía en las mesas de ese bar con carita de sueño, palidez en las mejillas y ansiedad en los párpados. De aquellos infelices que deglutían con devoción esos bocatas de tortilla como si la vida les fuera en ello, y despotricaban de la lluvia bilbaína y de las soporíferas asignaturas que venían a continuación.
Se acordaba. Así que le he pedido un pinchito de tortilla, y L. se me ha unido. Qué buena. Blandita, sabrosa. La he devorado en un periquete. Y con nuestro mosto y nuestro platito vacío, testigo del efímero manjar, mi amiga y yo hemos estado una hora charlando, recordando, comentando nuestros problemas de hoy. Y mientras tanto, la dueña seguía en la cocina, entre tortillas, y su hija servía con su buen ánimo, sin ningún cambio que delatara el paso de los años en sus facciones.
Tan contentas, que sin querer nos han dado las dos y cuartos. Tan contentas, que hemos vuelto a pie a casa, rememorando los seis tediosos tramos de escaleras -L. los ha contado- que nos dejan directamente en nuestro barrio.
Mañana de recuerdos, de vuelta atrás en el tiempo. Mi vida es hoy día un continuo salto de un recuerdo más reciente a otro más antiguo. La nostalgia alemana, la nostalgia universitaria, la nostalgia escolar. Y me gusta.
Woooooo…My God!!!!!! Septiembre 3, 2008
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Hoy ha sido el reencuentro universitario, a un mes de empezar las clases.
¿Cómo así? Os preguntaréis. Pues.. Porque los Erasmus teníamos que hacer el examen de inglés, que no se nos convalidó al irnos un año al extranjero.
¿Y por qué no se convalidó? Os preguntaréis extrañados. Yo también me lo pregunto. Si has marchado a un país de habla inglesa, probablemente hayas vuelto con un nivel de inglés mayor que los que se han quedado. Pero claro, tal vez no, y han de cerciorarse. En mi caso, por ejemplo, la presencia del inglés se ha reducido al ámbito académico, y gracias a Dios, porque mi día a día estaba completamente alemanizado.
Total, que hemos hecho un examen inglés que, entre una cosa y otra, ha durado dos horas y media. Y a las dos de la tarde Arrate ha tenido una brillante idea: ¡¡ir a comer!! Nos hemos unido 7 a la propuesta, ha sido gracioso ver cómo llamábamos a nuestras respectivas familias para avisarles de que no iríamos a comer. Qué diferencia con el año pasado, cuando las sartenes y los cazos eran cosa nuestra
Por ese lado, me alegro de haber vuelto a casa. No podía soportar más mis dietas a base de tomate, huevo frito y patatas fritas -probad a tener una cocina tan minúscula sin separación alguna con tu cama y comprenderéis que cenara tanto fuera.
Así que hemos comido en amor y compañía compartiendo nuestras experiencias erasmusiles. Y me he sentido muy a gusto. Para empezar, porque aún queda un mes para empezar con el curso. Hasta el dos de octubre, me olvido. Segundo, porque me voy a Alemania el lunes y voy a pasar 15 estupendos días allí. Tercero, pensaba que iba sola a Würzburg, pero P., una de mis mejores amigas, viene conmigo. Y se queda de lunes a domingo. Y unas vacaciones con P. van a ser una gozada. Iremos de excursión, dormiremos un montón, saldremos a cenar por ahí y, con suerte, podremos unirnos a algunos de los que quedan. Ahora mismo no sé quiénes son.
Y, desde la uni, ya nos aparecen propuestas para este año y para el futuro. De pronto nos hablan de un máster a los Estados Unidos, y la adrenalina se me sube al cerebro. Es llegar, pisar la casa de una y ya le hablan de irse en un año. Nervios, intriga, dolor de barriga. Ya os contaré qué me cuentan, de momento voy a disfrutar del momento vacacional, bonito y descansado. Ir al cine, ir a cenar, ir a la radio sin tener que hacer radio, y rescatar los rayos de sol que le sobran al verano como páginas blancas de un cuaderno garabateado. Aquí dejo una foto de parte de los filólogos frikólogos. Como veis, chicas no faltan, y chicos no sobran








