Capítulo 1: Pompón hace un amigo Noviembre 25, 2009
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El primer capítulo de la historia del Pompón
- Carlos, ¡mira lo que te he comprado!
- ¿Qué es, qué es?
- Es una bufanda, de lana. Para que te abrigues. Además, naranja. Tu color favorito.
- ¡Dame, dame!
- No tan deprisa, que la vas a romper. A ver, espera, que lleva cosidita una borla en la esquina, no la arranques.
- Una borlita. ¡Bonita! ¡Como la de los gorros!
- Sí, así, igual que la de los gorros. Pero cosida a tu bufanda. La llamaremos Pompón, ¿vale?
- Pompóooon –rió Carlos. ¡Vamos, Pompón, vamos a la calle!
- Eso, Pompón, a la calle con el nene, a que nos dé un poquito el aire –dijo su madre, mientras le enroscaba la bufanda en el cuello a su hijo.
Carlos tenía cuatro años. Vivía con su madre y con su hermana Teresa, de catorce años. A Ana, su mamá, le encantaba sacarlo de paseo y comprarle ropa nueva. El día que le compró la bufanda, había empezado el invierno. Hacía ya bastante frío, y no quería que su hijo se pusiera malo. Su última gripe lo tuvo una semana entera sin ir al cole, aburrido. Sólo le apetecía que Ana le contara cuentos. ¡Y no cualquier cuento! Tenían que ser historias inventadas por ella, como la de ese vaquero tan pequeño que usaba un calcetín por caballo, o la de la bailarina que quería ser artista de rock.
Pompón salió contento a la calle con Carlos y su madre. Llevaba encerrado unas cuantas semanas en una tienda de ropa infantil, así que sentir el aire fresco cuerpo lanudo le sentó de maravilla. En cuanto llegaron al parque, Carlos se puso a correr como un loco por la hierba. Ana le gritó que no se alejara demasiado, pero el niño pronto desapareció de su vista. Empezó a correr por el paseo que bordeaba los columpios del parque, y después se perdió por caminitos estrechos donde no había nadie. Para él eso era ir de aventura.
Anochecía, y Carlos seguía andando por zonas apartadas del parque. Pompón empezó a sentir miedo: ¿Y si no sabían volver a casa? Por suerte, pronto oyó los pasos agobiados de Ana. Muy disgustada, le dijo a su hijo llevaba casi una hora preguntándole a la gente a ver si habían visto a un niño con una bufanda de lana naranja, pero nadie le había sabido responder. Carlos sólo rió, y dijo: “¡Quería llevar al Pompón de aventuras!”
Carlos y su Pompón pasaron juntos cuatro años más. Cuando dejaba de hacer frío, Ana metía la bufanda en un armario junto con los abrigos, los jerséis y los gorros. Pompón pasaba ese tiempo de espera durmiendo, soñando con Carlos de aventura por el parque.
Pompón Noviembre 24, 2009
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Va a ser el protagonista de mi nueva historia
Es un pompón aventurero, curioso y adorable. Espero tenerlo listo para el mes que viene, justo por Navidad, con sus dibujitos correspondientes. De momento, os lo presento aquí, y dentro de unos poquitos días avanzaré el primer capítulo
(Hacer clic sobre el Pompón para verlo en grande. ¡Es pequeñito, pero no tanto!)
Duendes que me acompañaron… Octubre 7, 2009
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Estos últimos días he estado dando vueltas a una trilogía que me encadiló de pequeña. Hablar de trilogía desde el principio no es muy acertado, sin embargo. Primero vino el primer libro, y, unos años más tarde, se me ocurrió buscar el segundo y el tercero. A la niña de diez años que lo leyó no se le ocurrió de buenas a primeras que encontrar los ejemplares restantes fuese tan fácil. Al terminar el libro, en una semana escasa, sentada en una butaca, en casa de mi abuela, me quedé mirándolo como a una joya mágica. Hay libros que tienen poderes, sobre todo a ciertas edades. Hallarlos es como haber encontrado los tesoros de rubíes y diamantes en la cueva de Aladdín.
La novela se llama “Emily de la Luna Nueva”, y me la regaló mi madre al cumplir los diez años. Al principio me asustó su volumen, y la oscuridad marrón chocolate de la ilustración de su tapa, en la que aparecía una niña morena con trenzas acariciando a un gato. Esa niña era mi amiga Emily. No es fácil pensar en ella como en una construcción del intelecto, es algo más. Entre las páginas, crecí con ella. Apenas tenía un año más que yo, once años, que escondía bajo sus orejas de duende y sus ojos grises de vetas púrpuras. La acompañé a la Luna Nueva tras la muerte de su padre, y vivimos junto a sus tíos Laura, Elizabeth y Jimmy. Me reí y fui feliz con su soleada amiga Ilse, el soñador Teddy y el esforzado Perry, y la seguí durante sus paseos solitarios bajo la luz de la luna. Emily, la niña escritora que seguía escribiendo cartas a su padre, que acumulaba sus poemas en cuartillas y llenaba un cuaderno tras otro. La muchachita odiada por algunos, querida por muchos otros, pero que a ninguno dejaba indiferente. Emily, llena de soles que irradiaba por los ojos, con alguna pequeña sombra que enturbiaba su ánimo cuando alguien la retenía, cuando amenazaban su libertad.
Hace bastante tiempo que no flotaba entre sus páginas, pero estos días no puedo parar de hojear sus libros: “Emily la de Luna Nueva”, “Emily, lejos de casa” y “Emily triunfa”. Es fascinante cómo me sigue atrapando, aunque de distinta forma a la primera vez. Ahora entiendo mejor los matices, las alusiones veladas, la ironía, y me atrae identificarme con la joven casi adulta, que intenta determinar qué es lo que busca en la vida, y qué es lo que le falta. Una obra de L.M. Montgomery, más conocida por ser autora de las serie “Ana de las Tejas Verdes”, pero la trilogía de Emily no le va a la zaga.
Repito, merece la pena, os la recomiendo muchísimo. Es uno de los ángeles guardianes que me sigue acompañando, y con ella busco el final del arco iris.
Una palabra tuya Agosto 10, 2009
Posted by thebazaarofarts in Literatura, Personal, Vida cotidiana, pensamientos.2 comments

Una palabra tuya bastará para sanarme. Pero son todo palabras amargas las que salen por la boca de Rosario cuando nos empieza a contar la historia de la que es, y sigue siendo, su vida. Desde la primera línea nos metemos por un camino que amenaza con seguir opaco, con no cambiar de dirección. La protagonista afirma que la vida no la ha tratado como se lo merecía. Ella, que podía haber terminado sus estudios universitarios, que tenía inteligencia para más, acaba limpiando las oficinas y los baños de una agencia de viajes. Hasta que se vuelve a cruzar con Milagros, su antigua compañera de clase, el perrito fiel que siempre le era leal y la admiró, a pesar de que Rosario sintiera invadido su terreno. Llega Milagros en un taxi de su tío Cosme, sin carné pero con ganas de disfrutar de un viaje echándose un canuto. Y qué mejor que si con ella está su amiga del alma, a pesar de hacerla llegar tarde a su trabajo. Rosario, mientras, se asfixia pero cede. Incapaz de cambiar de dirección, sumida en la queja pero incapaz de salir de ella, viaja en ese taxi hasta que a Milagros se le acaba el chollo y su tío le dice que vale, que ya está bien de echarle morro al trabajo y que se busque otra cosa. Para entonces, a nuestra protagonista ya la han echado de la agencia, y su amiga le propone ser barrendera municipal. De nuevo, la narradora cede. Lo hará.
Entre un revoltijo de hojas, vómitos y porquería, Rosario disecciona su realidad laboral. Sus compañeras, chismosas que no le aportan nada con sus conversaciones sobre las vidas ajenas; los chicos, insustanciales que piensan que entre ella y Milagros hay algo más que amistad. Y Morsa, el compañero que desea acostarse con ella. ¿A ella le gusta Morsa? No lo sabe, pero de nuevo accede. Mientras tanto, la mente de su madre agoniza. Primero pierde la orientación, después ya ni la reconoce. Hasta el fin. Y a Rosario le carcome la culpa. En el fondo desea que muera, para sentirse liberada. Pero, ¿cómo admitir eso, a pesar de que no la dejó ser ella, aunque la hiciera sentirse ahogada? ¿Cómo desprenderse de esa lastra de culpa? Difícil es como Rosario lo ve todo. Así que continúa por el carril gris, y sigue mirando a lo que le rodea clamando por justicia. Desubicada, sin saber bien por qué está donde está.
Esta lectura me ha dejado pensando. Rosario sigue girando sobre mi cabeza. Me he identificado con ella en numerosos episodios del relato. No porque me sienta en un universo que no corresponde, tengo mi claro que he elegido mi propio camino. Pero veo la realidad como la protagonista. Me tensan las figuras controladoras, o aquellos que con su amistad se apropian de ti a modo de pulpos y no te dejan decidir qué haces. Es complicado que a alguien le ocurra lo de Rosario. Normalmente uno se escaquea, se escabulle como puede de esas situaciones, y selecciona aquellas amistades que más le nutren, que le hacen sentirse bien.
“Una palabra tuya” fue trasladada a la pantalla. La dirigía Ángeles González-Sinde (la ministra) y la protagonizaba Malena Alterio. Y en el tráiler Milagros le espetaba a Rosario el exigir a los demás una percepción de la que ella misma carecía. Puede ser que la protagonista se erigiese en juez, y observara a Milagros y al resto desde una posición de superioridad. Pero no creo que sea ésa la enseñanza que Elvira Lindo pretende transmitir en su novela. No me parece el tipo de escritora que vaya prodigando lecciones de humildada. Rosario, más bien, induce a la compasión. Tal vez no sean ni Milagros ni Morsa aquellas personas con las que quiere estar. Y no por ello van a dejar de ser buenas personas, pero es posible que a la protagonista otra gente con intereses más afines, e incluso más cultivada, le enriquezca más.
Defiendo la libertad de decisión en todo momento. Cada cual se fragua su vida, y eso no significa pisotear a nadie. Ésta es mi convicción, después de haber leído la novela. ¿Qué es lo que opináis vosotros?
Las estrellas Enero 25, 2009
Posted by thebazaarofarts in Actualidad, Arte, Crítica literaria, Ensayos, Erasmus, Filosofía, Literatura, Littera, Música, manías, obsesiones, pensamientos.6 comments
Un texto que escribí sobre mi última noche en Würzburg.
Las estrellas se posarán sobre ti por la noche, cuando vayas poquito a poquito hacia tu casa con un kebab caliente en la mano y una lata fría de Coca-Cola en la otra. Las estrellas velarán por ti cuando recorras las calles de invierno y piedra un poco encogida bajo tu mullido abrigo beis. La fiesta te habrá dejado exhausta, y seguirán los cascabeles de la risa acompañándote un ratito, fantasmagóricos en el camino. Después harán el recorrido contrario, hacia el puente, por las vías del tranvía. La tristeza es de niebla por las noches en diciembre y no le gusta ser interrumpida por las carcajadas. El kebab, masticado por tus muelas ágiles, se irá quedando frío y al subir los últimos peldaños hasta tu apartamento, un poco mareada por el vino joven, notarás la melancolía que gobierna la escalera.
Es la noche de la soledad, la noche de la despedida, del adiós, del abandono. Una noche que sucede al día y que precede al día siguiente, pero que para ti supone el filo que corta dos rodajas de tu vida. Ya no beberás más de esta fuente, ahora te tocará volver a otras que manaron para ti hacía un año. Tendrás que abandonar esta ciudad, y este cuarto, dejarás de ser habitante de este mundo para ser devuela a la realidad. Va a ser una noche larga, así que disponte a dormir. No tengas miedo del sueño que, como un vaho, te aspira y entumece tus músculos. Al despertar, temprano al amanecer, tendrás que irte como los exiliados. Al otro lado de la puerta sabrás que nunca más tendrás la llave para traspasarla. Adiós, adiós, no regresarás.
Y te irás deshilachando la madeja que fuiste cosiendo. Dejarás la ciudad, el país, y surcando los aires volverás a tu cuna, a tu mundo de siempre. Y allí te sentirás arropada por habitaciones que no se resisten, que no requieren la llave mágica; te sentirás acunada por el susurro de los nombres familiares; te mecerá la brisa más benigna. Pero al de poco tiempo, menos del que piensas, los recuerdos volverán a aflorar: recuerdos de aquella fiesta, memorias de aquel kebab. Memorias de aquella que eras tú, recordando cascabeles risueños en la noche tranquila y helada, sola en un paisaje remoto.

Cumplir un Año Menos Enero 12, 2009
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Ayer estuve escuchando las canciones de A las Cinco en el Astoria, el último disco de La Oreja de Van Gogh, para ver si me dormía. Pintan bastante bien, aunque todavía no las he escuchado todas. De todos modos, me costó centrarme en ellas excepto en esta. No pasé a la siguiente, me quedé escuchándola y me fijé en la letra. Me pareció que reflejaba muy bien el significado de ir atrás en el tiempo y lograba imágenes tan sugerentes como que al soplar se les da fuego a las velas o que las balas vuelven a las armas de donde salieron.
Por desgracia, el carrete de hilo que estruja los números del calendario no regresa al punto de donde partió y el mal queda imborrable. Esperemos que este mal, ahora en Gaza pero también en tantos otros sitios, se vuelva pronto cosa del pasado.
Aquí os dejo la música y la letra de “Cumplir un año menos”:
Vuelve a ser mi cumpleaños y en mi mesa habrá dos platos
Aunque sepa que esta vez tú no vendrás
Sólo quiero de regalo dar la vuelta al calendario
Para que estos años pasen hacia atrás
Yo cumpliría un año menos y al soplar daría fuego
A las velas que pusiste en el pastel
Tras invierno vendrá otoño tras septiembre vendrá agosto
Y mañana será un poco más ayer
Para qué quiero palabras si ya no te canto a ti
Para qué quiero mis labios si tus besos los perdí
No quiero mis primaveras si no crecen tus violetas
Desde hoy creceré hasta que nací
Volveríamos al día más feliz de nuestra vida
Y otra vez sería la primera vez
A mis ojos volvería cada lágrima caída
Sobre el telegrama urgente de papel
Las noticias contarían que las balas regresaron
A esas armas que apuntaron a matar
Volverían a la vida las voces que disentían
Y con ellas algo más de libertad
Oh eh oh Oh eh oh Oh eh oh oh oh
Oh eh oh Oh eh oh Oh eh oh oh oh
Para qué quiero palabras si ya no te canto a ti
Para qué quiero mis labios si tus besos los perdí
No quiero mis primaveras si no crecen tus violetas
Desde hoy creceré hasta que nací
Y para qué quiero yo el aire si tu aliento no está aquí
Para qué quiero mis manos si no te tocan a ti
No quiero mis primaveras si no crecen tus violetas
Desde hoy creceré hasta que nací
Oh eh oh Oh eh oh Oh eh oh oh oh
Oh eh oh Oh eh oh Oh eh oh oh oh
Creceré hasta que nací
Desde hoy creceré hasta que nací
Desde hoy creceré hasta que nací
Gutes neues Jahr (feliz año nuevo) Diciembre 31, 2008
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Se va el 2008 con su pila de días en packs de 30. Días de distintas formas, algunos concatenados, otros fundidos, otros arrancados, otros con agujeros por los que se filtra el tedio, otros oreados y frescos, otros veloces, otros enfermos, otros de tránsito y viajeros, otros que despertaban en un país y se arropaban en otro, otros asustadizos que no se movían de las cuatro conocidas esquinas…
El 2008 se va cargado de fotos, fotocopias, bytes, abrazos y horas. De bolígrafos, de risotadas, de lágrimas, de relojes y de libros. De música, de besos, de chocolate, de películas, de paseos. De promesas, de esperanza, de cansancio, de carreras. De vida.
Y volverá el 2009, con su vida, con su cargamento diario de alegría, de estrés, de presión, de incentivo. La vida. Y mientras haya vida, que haya una alfombra de años para bailar sobre ella. Hoy lo celebraré cantando, bebiendo y bailando.
¡¡FELIZ 2009!!
El sol nos hace mofa y befa Diciembre 12, 2008
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Hola sol.
Hola.
Hoy has salido.
(Desperezándose) Sí.
Hoy nos calientas con tus brazos amarillos.
(Guiñando un haz de luz) Exacto.
¿Por qué?
Hoy es viernes. Hoy no consentiré que las precipitaciones os chafen el día.
Sol, llevamos cinco semanas de riegos continuados. Estamos ya blandos y esponjosos. ¿Por qué no has hecho nada?
Disculpa, lo sé. Me estoy haciendo viejo.
Está siendo el año más lluvioso desde 1950. Ni mis padres habían nacido.
Yo tampoco.
¿Ah no?
No. Aquel fue mi padre, el que se entretuvo durante 10 semanas en los Monegros.
Qué destino tan atractivo.
Lo echaron de allí. No puede cruzar la frontera.
Gracias a Dios. Los viajes eran un infierno por su culpa.
Sí, ya me lo contó.
¿Y tú empezarás a hacer lo mismo? ¿A dormirte en los laureles y dejarnos ahogados como en las inundaciones del 83?
Pronto llegará mi hijo, mi sucesor. Así tendréis que resolver vuestras cuitas con él. Populacho bilbaíno. Nunca pensé que la monarquía sería tan pesada. Qué egoístas. Quieren reternerme en su ciudad.
Nuestra constitución exige 8 semanas otoñales de sol, 10 invernales y después 6 meses seguidos con tu presencia.
¡Protesto! ¿Y las vacaciones de verano?
Las pasarás aquí. Como mucho te dejaremos viajar a Castro, a Peñíscola y a Benidorm. Gran parte de nuestra población se concentra en esas islas.
De acuerdo, trato hecho (qué ganas tengo de jubilarme…).

Hoy toca música Diciembre 10, 2008
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Como en literatura gallega estamos leyendo y disfrutando (aunque deprimiéndonos un poco, yo al menos) con la poesía de Rosalía de Castro, os dejo aquí el poema principal de Follas Novas (Hojas Nuevas), su obra más destacada. Se llama “Negra sombra”, y habla del fantasma que la tuvo atenazada a lo largo de toda su vida, de la pesadumbre que no le permitió abrir los ojos, respirar y levantarse.
El poema y la música que lo acompaña son ya indivisibles. Fue banda sonora de la película “Mar Adentro”, protagonizada por Javier Bardem, y está interpretado por la artista Luz Casal. Con su voz grave, rasgada y profunda, que recuerda al viento marino arrastrado contra las rocas, os dejo. Trabajos, inglés antiguo, dialectos y literatura del siglo XVIII me acompañan.
Move your hips!!! Diciembre 8, 2008
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Este puente va de caderas. Empezó el viernes después de echarme una siesta involuntaria en el sofá. Abrí los ojos con el ruido de las llaves avisando de que mi padre llegaba, y aún así no fui capaz de reaccionar hasta que mi madre entró a casa media hora después.
Ya entonces, chamuscada sobre la tela marrón agranatada y con los ojos hinchados, intenté despejarme, y lo conseguí del todo cuando llamó L. Cuando hablamos por teléfono los minutos ascienden como en las subastas. ¿Quién da más? Dimos todo, y más. Una hora de teléfono, y gracias a Dios que existe la tarifa plana.
Después, me tocó, sí, mover las caderas y vestirme. Siete menos diez. Ni tiempo para coger el autobús a la universidad, y la obra de teatro empezaba a las 19.30. Había quedado a y veinte con la amiga de una compañera y llegué resollando al Paraninfo dos minutos antes de comenzar la obra. “Rogamos apaguen sus teléfonos móviles”. Bajan las luces, y mis pulsaciones. Empieza “Yerma”. Al principio la entonación se me hace forzada. Yerma, su marido… No me acaban de convencer. Observo con ojo crítico sus expresiones, su declamación. Luego me olvido. El contenido de Yerma es lo que importa, la transmisión de sentimientos. El deseo, la necesidad del hijo, la estrechez de la época, la estrechez de las caderas de Yerma que se cree seca, que no puede albergar a su hijo.
Los contraluces me absorben y la obra termina antes de lo que quisiera. Luego me despido de I. y voy a la salida de la universidad. Espero a A. frente a la verja negra mientras desfilan los coches, algunos como el suyo. Pero en veinte minutos ninguno es el suyo y me he aburrido de sumar los números a las matrículas. Lo peor es que me estoy congelando.
A. llega y le echo una microbronca porque no tiene la culpa de nada. No pensábamos que la obra fuera a durar 50 minutos. Vamos a comer a un centro comercial. Llega el sábado y también va la cosa de caderas. Mis amigos y yo las movemos al son de los éxitos más ochenteros en la “Sala Azkena” (azkena = la última, por ser la última en cerrar). Ponen música chula: rock, éxitos de los ochenta., country… Y ya cuando pusieron a Aretha Franklin con su R-E-S-P-E-C-T se salieron y nosotros gritamos de lo lindo.
Tras el bamboleo, a casa en metro con un taco de partituras que le presté a mi amiga A. Duermo. Como una ceporra. Y llega el domingo, después de leer las aventuras de Gulliver en Liliput con los ariscos liliputienses y voy con A. a ver “Madagascar 2″. Él lo propuso sin pensar y yo acepté sin pensar y el resultado fue genial. Cómo me reí. Y qué flipada me quedé. Es la primera película de dibujos animados particularmente gay. Sus protagonistas -un león, una cebra, una jirafa y una hipopótamo- bailan y parecen salidos de una fusión entre el día del orgullo y UPA Dance. Cómo bamboleaban las caderas, Jesús…
Por último, hoy he visto unas caderas que me han disgustado. He aterrizado en la sala después de comer y estaban dando “Fama… ¡A bailar!” Al margen del elenco de profesores bailarines que profieren las mismas frases que los soplagaitas de OT y que me transmiten su mismo tufillo dictatorial, he visto meneo de caderas jazz-fusion, funky y lírico hasta cansarme. Mucho cerebro no he visto, por lo menos en los concursantes particularmente histriónicos.
Con todo, las caderas que más me han repateado son las del profesor Rafa Méndez, el que quiere explotar la sensualidad de sus concursantes. Se acerca a las chicas mientras bailan, las mira con ojos de tigre en celo e inicia su inquietante cortejo. Ellas ríen tímidas y siguen bailando convulsas, como activadas por un resorte, mientras él sigue sin respetar su espacio vital y airea sus sobacos bajo una camiseta que le queda cinco tallas grande.
Hay caderas hueras, caderas robóticas, caderas flexibles, caderas animales y caderas atontadas… Pero de caderas ha ido el finde.




