Y escribía sobre un pergamino infinito Mayo 20, 2007
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Escribir para ella había sido durante años un reto. Sabía que dentro de sí había un río de pensamientos deseoso de escapar, pero también conocía el panel implacable que le obstruía los dedos y los huesos de la cabeza y le hacía derramar las palabras gota a gota.
No sabía por qué le pasaba, pero el pergamino en blanco ejercía sobre ella la fuerza de los agujeros negros, le devoraba la energía y la movilidad, la sumía en pensamientos tristes, la detenía como a un tren dubitativo que de pronto ha olvidado su trayecto y la dirección que marca el futuro.
Pero un día todo cambió. No hemos de fijar razones, transcurrió así y el pergamino se fue llenando. No de las mejores letras, ni de los versos de Milton, ni de Shakespeare, ni de la filosofía más pura, ni del ingenio de Mendoza, ni de la gracia de los hermanos Marx. Pero el pergamino fluyó feliz, hasta que se le agotó la tinta, y por fin echa pudo esbozar una sonrisa de satisfacción, un arco relajado que la hizo sentir satisfecha con la obra consumada.
Nunca más obraría la pereza, nunca volvería la desazón a las llanuras del papel, jamás volvería a encontrarse con ese impulso destructor, porque ya no estaba dentro de ella.
Marzo Marzo 6, 2007
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Marzo me devoraba con sus letras, pero lo quería. Era un mes que prometía la primavera que había olvidado; que, una vez más, me llevaría a la rueda de carcajadas de los viernes, que me haría sonreír a las campas de la universidad y que nos contemplaría en mangas de camisa, sonriéndonos.
Podría ver tus ojos reluciendo al sol, el pelo erizado de tus brazos, la risa pilla de tus colmillos, el lustre de tu pelo y el aroma a colonia esparciéndose por el camino. Y sería capaz de sentarme sobre el hoy y sentir que ningún problema nos acorralaba.
Quizá sería un marzo lluvioso a intervalos, recubierto de ventisca, rebelde y menos tibio que febrero. Es posible que incluso me enfureciera, que deseara la llegada de un abril afable o de un mayo vaporoso, pero sería nuestro marzo.
Somos como los libros Diciembre 15, 2006
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Todas las personas somos libros esperando a que la persona adecuada nos lea. Los hoy vulgares y a todo color, como las revistas del corazón, y otros que esperan a personas aparentemente ciegas, aparentemente desinteresadas, que descifrarán el código que entrañan. Somos como los libros: complicados, ilustrados, esquemáticos, aclaratorios, bibliográficos, hipertextuales, dispersos e incluso policíacos.
Y, como estos objetos sagrados, tenemos varias lecturas. A ciertas personas sólo les enseñamos nuestro repertorio de méritos objetivos. A otras las pellizcamos con las tapas para que escapen de nuestro templo. Otras son absorbidas entre nuestras páginas y no se caen de ahí nunca. Otras nos atrapan de otra manera que entremezclamos nuestras historias. Y otras están ahí para recibir el legado de nuestra memoria, para seguir escribiendo en esas páginas, para seguir completando una historia que ha quedado inacabada.
Peces congelados Diciembre 12, 2006
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Somos peces congelados y naranjas, incrustados en el molde de una pecera redonda. La pecera se mantiene a una temperatura estándar, porque si se derrite creemos que pereceremos de calor. Todos los hechos demuestran que el deslizamiento de las moléculas favorecerá nuestro aleteo, pero nos resistimos a creerlo. Tampoco sentimos que la capa de escarcha impide que nos reconozcamos, y nuestra relación sólo es un espejismo, una distorsión provocada por el hielo.
Peces congelados, servidos en bandeja. Creo recordar que hubo un principio en que no era así, pero los inicios son muy difíciles de establecer. Sólo sé de un vaivén de flujo caliente, de un impulso que me embargaba, de unas ganas de salir flotando… Y luego una presión, un anquilosamiento que retornó mis branquias a su situación de espera. Peces estirados y tensos como cubitos, en este invierno, pero veo a través del hielo unas manos gigantes que con cincel y tiento intentan abrir un hueco en la parte superior de nuestro habitáculo redondo. ¿No oyes el ruido? ¿No ves la luz? ¿Me estás oyendo? Despierta, ¡las nieves se están resquebrajando!
Mientras esperas… Diciembre 12, 2006
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Un ejemplo de lo que no hay que hacer a nadie, jejejeje, ¡¡pobrecito!!
Te estoy haciendo esperar, quiero ponerte a prueba. Estás ahí, puntual. Te has puesto mi cazadora favorita, ya te he dicho mil veces que te favorece. Sabes que me apetece agarrarte por los hombros y abrazarte, pero debes aguardar, ¿no dicen que lo bueno tarda en llegar? Ya estás sacando el mechero, bueno, es para darle fuego a ese chico que pasa. Te preguntarás qué estoy haciendo. El reloj sigue fiel a ti y ya han pasado diez minutos de la hora fijada. No es muy interesante, me aplico con parsimonia el lápiz de ojos, no vaya a escurrirse. Ahora me quedan los coloretes, la barra de labios. ¿Por qué te enfadas? No sé qué hora es, tu mente repite que han transcurrido otros cinco minutos. Pero tú eres más fiel que el reloj, ¿verdad? Y para quieto con las manos, necesito ponerme los zapatos para salir de casa. ¿Cuáles cojo? Mmmm… Creo que estos me quedan bien con la falda. Sí, la falda morada y la camiseta negra, buena elección. Estoy bajando en el ascensor mientras acaricias el móvil. No, no va a sonar, sólo te va a advertir de que no tienes saldo sufificiente para llamarme. Ahora voy, estoy bajando las escaleras mecánicas del metro y tengo que sacar un billete. Seguro que no te importan cuarenta minutos, tal vez dos más. Ni invitarme a una cerveza, me he quedado sin dinero. No, no voy a coger este tren, sino el siguiente. ¿A que te gustan las sorpresas?
Ya estoy aquí. Tú no.Tampoco estás en casa, y ahora, ¿por qué no contestas al móvil? Llevo quince minutos aquí y estoy muerta de frío. Creo que me voy a casa, te habrás ido. Tal vez sea normal, te habrás cansado. Ahí estás, ¿qué haces aquí?
-¡Hola cariño! ¿Llevas mucho tiempo esperándome?
- No, no, ¿qué te ha pasado, por qué llegas tarde?
- ¿Tarde? Son las nueve y cuarto, he llegado puntual.
- ¿No habíamos quedado a…? Nada, no pasa nada, amor, pensaba que…
Tretas Diciembre 11, 2006
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Dijiste que fabricarías una trampa contra el tiempo, contra las horas que nos saboteaban la felicidad. ¿Por qué serían las más cortas? Yo sólo quiero pasarlas contigo, pero que se dupliquen a nuestro alrededor como las margaritas en abril, y no al revés. La teoría de la relatividad sólo se ha hecho para enfurecernos.
Me imagino que te encuentras perdido en una vaharada de alcanfor. Los días están siendo agrios y lentos y no podemos sobreponernos a ello. Yo tampoco, y mira que intento ponerme en contacto con la felicidad. Pero comunica. La única esperanza es verte, porque el resto de los factores de este juego que es la vida aparecen negativos últimamente.
Hoy me encuentro envuelta en el saco turbio de las obligaciones, y sé que tú te sientes igual, nuestra mente está configurada de la misma forma: centrada en apariencia, pero en constante dispersión interna. Esparcido por la geografía, viajando de un lugar a otro, sin centrar jamás el cuerpo, siempre a velocidad, tú. Girando en círculos, como un satélite, sin poder salirse de la órbita ni por un segundo, yo. A veces parece que me alejo, pero el miedo a desorbitarme es tan grande que giro, y giro, y giro… Sin llegar a ningún lugar.
Y esos momentos que nos concedemos, tú y yo… Son una treta al tiempo, una zancadilla a las horas, al deber, aunque luego el resquemor y las prisas me sepan a vinagre. Pero sin ellos, sin interrumpir mi marcha y mi devaneo por el calendario… ¿Qué serían mis días sino un cuajo ceniciento a la espera de un milagro? Sigamos burlándonos de los días, exprimiendo su rápido jugo, maldiciendo las leyes de la velocidad, la rigidez y el orden. Sumámonos en los minutos compartidos, en la oscuridad conjunta donde no hay más que un nosotros pletórico.
Y que mientras los arroyos sigan arrullando el camino.
Un lunes cualquiera… Noviembre 5, 2006
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Hace ya unos años que escribí este relato. Es curioso cómo a pesar del horario infernal, de las tareas inacabables y del ocio recortado al máximo encontré un aliciente para estar contenta y un motivo para seguir escribiendo. Aquí os dejo un resto, bastante bonito, de mi pasado. Al menos más bello que aquellas extenuantes clases de mate a las ocho de la mañana…
Tarda la vela en consumirse y yo más en dormirme. Dentro de mis ojos parpadean estrellitas de colores que adornan un revoltijo de pensamientos sin sentido. Tengo frío en los pies, por mucho empeño que ponga la sábana en abarcar lo inabarcable. De tanto moverme la he agrietado y ahora el colchón roza mis piernas. Pica demasiado y me levanto. Observo nuestra foto sobre mi mesa mientras la madera taladra mis pies descalzos. Nosotros nos reímos de las motitas de polvo que se han posado sobre nuestras caras. Yo te sujeto del hombro para que no te escapes, pero tus ojos burlones sólo prestan atención al destello del flash. Vuelvo a la cama mientras mis divagaciones se hacen cada vez más densas. Morfeo ha vuelto a ganar.
La mañana cuesta mucho hoy. La neblina del sueño quiere continuar su historia en la que tú sigues riendo en los entresijos de la fase REM mientras me dices cosas al oído, pero el pitido del despertador no te deja y ambos nos impacientamos. Finalmente me levanto y casi sonámbula abro el segundo cajón y escojo un color. Hoy iré de verde y espero –valga la esperanza- que de algún modo me ayude. Abro la puerta y me dirijo a la cocina. Allí mi madre exclama enfadada que vuelve la ola de frío, y pienso que es un chiste pésimo para principios de marzo. Pero la realidad regala bromas así y el aguanieve cae indiferente al calendario. Va a ser un gran día.
El Cola Cao pasa por mi garganta y me revitaliza, aunque estoy un poco destemplada. Tengo suerte y puedo escarbar los restos de chocolate de mi vaso. No, no es el del sábado, este vaso no refresca, ni lo acompaña música de ambiente, ni vaticina risas futuras. Sólo alivia mi ayuno, pero no mi cansancio. Así todo, mi naturaleza alegre me hace charlar sobre los avatares del colegio mientras mastico galleta tras galleta. A las 7:32 el nerviosismo del día a día se une a las prisas y me abalanzo sobre el cepillo de dientes. El espejo no me devuelve la imagen radiante del fin de semana y despotrico mentalmente contra él. Sueño con días ociosos. Ubi sunt?
Y estoy en la calle. No está oscuro pero las condiciones climáticas responden a las previsiones del noticiero. La jornada pesa literalmente sobre mi espalda, y el paraguas se sostiene inseguro sobre mi mano izquierda. Tres minutos después mi amiga se une a mí y juntas soportamos mejor el trajín que nos espera. Refugiadas en nuestros abrigos taconeamos hacia el colegio como aves zancudas. Odio ese género de calzado, pero me remito a la lluvia, no apta para playeras.
El inicio de las clases embarra mi verde con el silencio ceremonial de la reflexión, que despoja de sentido a todo atisbo de alegría. El efecto “fin de semana” se pierde en la lejanía. Las representaciones gráficas que vienen a continuación se impregnan de ese aire sacramental y mi cuerpo sólo emite bostezos en señal de auxilio. La vida sigue igual.
Cincuenta minutos y ya puedo estirarme durante un minuto. Otro minuto para adosarme a la calefacción y comentar lo infantiles que siguen siendo los chicos, más dos minutos para narrar los relatos hiperbreves del sábado noche. La segunda y la tercera clase se suceden y el recreo nos escupe fuera del aula, liberando el estrés condensado de su interior. Todo se soluciona hincando el diente a un delicioso bocadillo de tortilla de patata. ¡Qué más se puede pedir!
Llega el regreso a las clases para seguir el programa cual robots, pero la estancia de diez minutos en el bar ha llenado el buche de nuevos proyectos que suben tonalidades al verde. No va a ser complicado resistir hasta la una y diez, y siempre queda la abstracción para situaciones de alerta máxima.Al mediodía como en casa, sin haber asimilado bien el aperitivo del recreo, que deja poco sitio a verduras y demás venenosos verdes. Comer en familia es sustento suficiente hasta volver al ajetreo de la ciudad, recién almorzada y con deseos de pedir clemencia. La literatura y la filosofía acompañan a mi digestión hasta las cinco de la tarde, cuando me abandono al festín del transporte público, camino del centro, donde recibo mis clases de piano en una casa calurosa y por ende soporífera. ¿Por qué no me gustará el café?
El metro viene y yo me introduzco en su sistema. Siete parones después y tras aguantar un viaje de caras grises y huidizas más algunas gritonas preadolescentes vuelvo a mi barrio, a mi portal, a mi piso, a mi lugar de origen y del que no tendría que haber salido. Consigo desasirme de la mochila, no sin dolor porque se ha convertido en mi apéndice, y me dispongo de mala gana a hacer los deberes, hasta que me acaricia la tentación de cenar y entregarme a una breve lectura interrumpida por el cansancio postergado. Mañana será otro día, y tú reaparecerás detrás de toda la rutinaria algarabía, en alguna de las fases previas al sonsonete matutino. Ahí te espero, buenas noches.
Blanca, Roberto, Adela… Noviembre 5, 2006
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Se trata del relato con el que quedé finalista en el colegio en segundo de bachillerato, y gracias al que me regalaron unos cuantos libros, entre ellos el de Once poetas españoles, una chulada.
Este corto cuento surgió la ociosa Semana Santa de 2005 en Gorliz, y está impregnado de esa pereza, de esa alegría que la tranquilidad transmite. A ver si os gusta
Un delicioso olor a azahar impregnaba el salón de casa de Blanca. Era éste un lugar acogedor, de paredes color melocotón y réplicas de cuadros de Gauguin. Las estanterías, de gruesa madera labrada, daban calidez a la estancia. La joven se paseaba por allí con aire distraído, buscando algo que leer entre las baldas. A sus veintisiete años había leído muchísimo y trabajaba como bibliotecaria en su barrio mientras acababa el doctorado sobre la obra de García Lorca. De pronto, sonó el timbre. Blanca pegó un respingo y fue hacia el telefonillo. Debió imaginarlo. Roberto.
Roberto era su compañero de piso. Hacía diez meses, ella había puesto un anuncio porque necesitaba compartir con alguien los gastos del alquiler, y al cabo de tres días se le apareció en la puerta a las ocho de la mañana un chaval regordete y bajito, de sonrisa burlona y aire cómico. No tenía más de dieciocho años y, por aquel entonces, su única aspiración era ser un bohemio holgazán. Según Blanca, ya lo había logrado.
A este chico le gustaba levantarse a las tantas y desayunar mientras veía los programas de cotilleos. Hora y media después comía como un señor, con lo cual podemos deducir que su metabolismo era a prueba de bomba. A eso de las cuatro marchaba a la universidad. Estaba estudiando Psicología y le encantaba torturar a su compañera de piso psicoanalizándola cuando ésta no requería su labor de principiante. Ella se desternillaba de risa al verle aplicar de forma desastrosa todo lo aprendido, y hacía lo posible por zafarse de él. En el fondo, el muchacho le divertía y le hacía compañía, aunque no le atraía en absoluto. A menudo, su afectación y su tendencia a exagerarlo todo le recordaba a los protagonistas de “El retrato de Dorian Gray”.
Cinco minutos después de que sonara el timbre, Roberto llegó al 12º A y ahí estaba Blanca para recibirlo. La saludó, tiró sus apuntes sobre la mesita del salón y se echó en plancha sobre el mullido y lechoso sofá. Ella, con gesto de madre resignada, se sentó en el pequeño sitio que él había dejado y le preguntó con voz suave qué le pasaba. Un gruñido que más parecía un ronroneo asomó entre los cojines, y al poco el chico se irguió como un resorte y se apresuró a contarle, gesticulando alocado y moviendo los brazos sin parar que sus colegas y él estaban desesperados porque en el grupo de teatro de la universidad carecían de actrices adecuadas para el papel protagonista de la obra inédita que intentaban montar. Blanca trató de templar sus ánimos:
- ¡Oh, por Dios, Roberto, no hay por qué ponerse así! Ya verás cómo se soluciona. De todos modos, no os corre prisa, ¿o sí?
- Mira, Blanquilla, cariño – rezongó él-, acordamos estrenar una obra cada tres meses y ya crearla lleva un montón de tiempo para que ahora todas interpreten fatal el papel. ¡No saben lo que estamos buscando!
- Ya tengo curiosidad por saber cómo es esa protagonista, chico, ¡menudo misterio os traéis vosotros también! – exclamó ella impaciente.
- Bien –suspiró Roberto, tras una breve pausa- Adela es… El sueño de todo artista, es efímera, etérea, luchadora, es…
- De acuerdo –contestó ella resignada- ni siquiera los promotores del proyecto lo tenéis claro. ¿Puedo pasarme a veros un día de éstos?
- Claro, claro, cuando quieras. ¿Tendrás ganas cuando salgas de la biblio?
- No, seguro que no, pero la intriga me puede. ¿Tienes el guión?
- Me lo he dejado en la uni, ¿mañana lo traigo, OK? Y ahora, señorita, vamos a hacernos unos sándwich, que va a empezar la nueva serie de Telecinco.
- Yo ya he cenado, Robbie, tienes lechuga y jamón en el frigo. Ah, mañana cuando te levantes vas al súper y traes algo para picar, que ya no nos queda nada. Me voy al cuarto a leer. ¡No te acuestes tarde, peque!
- Descuida, lo haré. No me pierdo Crónicas por nada del mundo. Buenas noches.
- ¡Buenas noches!A la mañana siguiente Blanca no dejó de pensar en la obra creada por aquellos chavales. ¿En qué consistiría? Le hacía gracia tanta exigencia sobre la actriz principal. Seguro que alguna de sus compañeras podría interpretarla a la perfección. Cuando llegó a casa del trabajo a eso de la una para comer no se oía nada. Roberto seguía dormido y resoplaba con un ruido exagerado. Parecía haber acogido un mamut bajo su techo.
El regocijo de ser observado debió de ser lo que despertó a “la bella durmiente”, que se encontró con unos brazos en jarras que le sermoneaban por haberse olvidado de hacer la compra. Él puso cara compungida, y a ella se le descompuso el cabreo. No sabía enfadarse. Rober había vuelto a conseguir lo que quería, pero ya estaba todo cerrado y ambos se habían quedado sin galletitas saladas, cacahuetes, pepinillos y demás exquisiteces.
A las dos y cuarto ambos acabaron la ensalada y los San Jacobos y, sacando café y galletas María como sobremesa –era lo único que les quedaba-, fueron a la sala a ver un poco la tele y charlar. Mientras “Corazón de invierno” sonaba de fondo, Roberto le comentó a Blanca que había pensado en ella para hacer de Adela.
- ¿Por qué en mí? –se interesó la aludida.
- Bueno, no sé, realmente es difícil de explicar, pero he soñado que interpretabas el papel a la perfección y…
- ¿Y qué?
- Te pareces.
- ¿Cómo?
- Que te pareces a Adela, verás, tú también eres…
- ¿Qué, qué soy? Roberto, se te enfría el café.
- Es igual, nada. Es que necesitábamos a alguien con aspecto de…Soledad orgullosa. Y creo que ésa eres tú.
- ¿Qué me estás contando, señorito? ¿Yo, soledad?
- Sí, Soledad, esto…Blanca, mira, en cuanto te vi supe que pertenecías a ese género de personas que se sienten solas pero no lo quieren reconocer. Hay mucha gente así, ahora que la vida cambia, te emancipas y claro… Pero ya sabes que yo soy tu familia, podrás contar siempre que quieras conmigo, aunque tengo novia, ya sabes, je, je, ocho meses, quién lo diría. Bueno, como te decía, tu caso lo hemos dado en la carrera, esa sensación de aislamiento es producto de la sociedad, sí, era algo así, sí…
- ¿Te puedes callar un poco, por favor? Ya veo el desacierto de tus padres al pagarte la carrera, lo lías todo. ¡Ya estoy cansada de tu psicología de baratillo! ¡Y no me digas nada! Creo que ya has hablado bastante. Mis años de trabajo en el taller de teatro eran una excusa mejor para pedirme que os salve la papeleta. Ahora será mejor que recoja y vaya a currar, que se hace tarde. Hasta luego.
- Hasta luego. ¿Te pasarás por la uni?La puerta al cerrarse fue la única respuesta. Roberto se sentía dolido por la reacción de Blanca, a fin de cuentas ella era su amiga y sus nociones sobre la personalidad le decían que estaba molesta. “Tal vez a la gente no le guste que le describan sus problemas si no lo ha pedido. Ella sabrá mejor que yo cuáles son. Ojala venga esta tarde”, pensó para sí. Esta breve reflexión le dejó más tranquilo y empezó a prepararse para ir a clase. La riña ya se le había olvidado.
Blanca pensaba en lo que Roberto le había dicho. ¡Qué lleno de prejuicios estaba el muchacho! Las sentencias que había emitido con toda su voluntad pedagógica aunque muy dubitativa, hemos de reconocerlo, eran totalmente infundadas, ya que ella no podía ser más feliz como estaba. Sólo le dolía haber sido tan dura con él. Su enfado había sido de lo más teatral, en realidad le enternecían los esfuerzos infructuosos del chico por desempeñar bien su labor. Por esto a la salida de la biblioteca la joven cogió el autobús a las afueras, donde estaba la universidad de Roberto. A la entrada a su facultad se encontró con unos amigos que éste le había presentado hacía dos sábados. Ellos, felices de que una chica les hiciera caso, la acompañaron al aula que habían habilitado para ensayar.
Allí se encontraba él, en una clase oscura que apestaba a sudor, fotocopias y gusanitos, discutiendo exaltado los últimos retoques del guión, hasta que la vio y se quedó estático, con el bolígrafo suspendido en el aire y gesto de interrogación.
- ¡Hola chicos! –saludó ella, resuelta- ¿Cómo vais con la obra?
Roberto se levantó del suelo lleno de papeles borrador y, con gesto de náufrago salvado, le preguntó:
- ¿Has venido, oh, “Adela”?
- No lo dudes, aquí estoy, oh “amado mío”.
- ¿No estás enfadada? – preguntó él, inseguro- Siento haber sido tan pelma, sabes que no era mi intención…
- Lo puedo superar –contestó ella, frunciendo la boca con fingido disgusto. Luego, su cara se transfiguró en una sonrisa resplandeciente, que dejó aún más aturdido al joven.
- ¡Pero cómo me voy a enfadar yo contigo, tontorrón! –añadió a carcajada limpia- Aunque he de reconocer que mi actuación de princesa indignada ha estado demasiado cargada de tensión, espero no haberte asustado. De todos modos, no había manera de que te callaras y yo me tenía que ir, ya sabes, cuando te embalas te embalas, no paras y… En fin, Roberto, de vez en cuando te quedas tan embebido en tu discurso que encapotas la comunicación, pero bueno, es normal a tu edad, a mí también me pasaba… ¿O tal vez sea producto de la sociedad, cómo era aquello…? ¿Tú lo sabes mejor, no?- ¡Me has engañado como a un tonto! ¡Y además ahora te ríes de mí, de eso sí que me he percatado, Blanquilla!
- En la ilusión de realidad radica el buen hacer de una buena actriz, Roberto –respondió ella pícaramente.
- “Adela”, desde este momento ocupas el lugar presidencial en la obra “Escafandras volátiles”.
- El título me impone, baby, no sé si daré la talla –se apresuró a decir ella con cierta sorna.El tres de junio de aquel año se habilitó el Paraninfo de la universidad para estrenar la obra. Ésta se encuadraba en la época medieval y narraba la historia de Adela, una mujer cuya vida estaba marcada por la soledad y la represión que vivía en sueños todas las realidades que el día a día le impedía ejercer, y cada noche se convertía en un personaje diferente. La interpretación de Blanca ofreció tal variedad de registros que muchas personas del público confesaron más tarde haberse sentido identificadas con aquella “Adela”. Roberto y sus amigos fueron muy felicitados por la elaboración del guión y por sus actuaciones secundarias, y aquella noche salieron todos a celebrarlo, felices por el éxito obtenido con tanto esfuerzo y por la actuación intachable de Blanca. Ésta pasó parte de la noche ensimismada, se sentía tan implicada en el papel que ahora le costaba horrores deshacerse de la escafandra de la ficción. Pero pronto la embargó también la alegría discotequera, y volvió a su mundo, su realidad.
Son las seis de la mañana y Adela despierta bajo los primeros rayos de sol. El calor de principios de abril la asoma al balcón y desde allí, con gesto taciturno, contempla el condado. Los naranjos empiezan a florecer, y se deleita en su aroma. Esta noche ha vuelto a ser otra, y se ha fundido con ella en un futuro que no conoce. Había más gente, y se sentía observada. Sus manos restallaban a la vez en aplausos. Quiere volver allí, pero está desvelada y el aire fresco le recuerda que su vida la retiene “aquí” y “ahora”. En ese momento llaman a la puerta. Debió imaginarlo. Roberto y Blanca, sus hijos, la mañana, todos custodian el día.
Los recuerdos no nos abandonan… Noviembre 4, 2006
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La bolsa brillaba. Contenía una pelota fluorescente, unos cuantos rotuladores, alguna foto vieja de carnet, un par de pétalos de rosa agrios, un dibujo que hace algunos años le hizo gracia y un cepillo de dientes verde que siempre le dio demasiada lástima usar.
Su expresión trataba de mostrar indiferencia, siempre. Trataba de fruncir los labios, de torcer las cejas en un gesto valiente, pero la línea aguamarina de sus ojos vibraba de miedo. Tirar el plástico, dejar que rodara por el camino corrosivo del tiempo: no sabía si romper así le iba a hacer ningún bien. Nunca le había costado mucho desprenderse de sus posesiones: el trenecito gris y melancólico ya no exhalaba vapor entre sus neuronas; tampoco aquella niña de diez años y purpurina en el pelo que quería convertirlo en príncipe. Ni tampoco aquellos amigos a los que dejó sin previo aviso, nunca volvió a buscarlos y sus fotos ya no bifurcaban las comisuras de sus labios.
Pero aquella bolsa… ¿Qué llevaba consigo? ¿Qué le recordaba? No lo sabía, pero el brillo lo sujetaba contra el suelo y lo envolvía en una espesa maraña de amarillos, verdes y rojos.
Tiempos perdidos Octubre 25, 2006
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Viajaba en el autobús, despejada. Era viernes y había tenido al menos la intención de madrugar para recibir mis clases de piano. Me había levantado a las diez y había desayunado alargando el tiempo, como si aún estuviéramos en verano, como si el té no se acabara nunca o me hubiera retado a no levantarme de la silla hasta no acabar el flujo de palabras que me asalta a las mañanas.
A las doce intuí que ya no me daba tiempo de rematar en ensayo de piano por más empeño que le pusiera, y eso me relajó. Terminé mi té, ya templado y con regustillo a azúcar, y me empecé a vestir al son de la radio. Como siempre. Después, fui en autobús hasta la casa de mi profesora de piano, pero allí no respondió nadie. No había ruidos, silencio. Sólo el silencio embarazoso tras los timbrazos, la quietud retadora de una casa que no responde. Llamé varias veces al timbre, como si la profesora se hubiera quedado sorda –hecho que le impediría darme las clases, en realidad-, y después a su casa. Resonaban los tonos, pero aquello estaba vacío, vacío el piso que no esperaba nadie.
Era un viernes trece y la profesora se había tomado unas vacaciones, vana conclusión para quien ha hecho el viaje de ida. Pero decidí no desaprovechar la vuelta, disfrutar al menos de un calmado trayecto en el autobús, postergar una semana las obligaciones musicales y mirar a las personas moverse en la pequeña caja de cerillas que les había sido asignada, igual que a mí, como entorno. Traté de disfrutar del viaje, relajarme sobre el asiento, experimentar la felicidad que confiere la velocidad de las curvas, que aportan las rotondas, los días despejados, la seguridad de que en casa nos van a recibir a mesa puesta.
También, claro está, influía el hecho de que tenía tres días de vacaciones por delante, tres perlas que desgastar y amasar, tres joyas en medio del mapa de las tareas que inflaban mi espíritu vacacional. No me sentía pletórica, aún así, porque el más nimio estrés futuro tiene tantos dientes, salientes y colmillitos que nos amilana: pero sí que me sentía vacacional y sin ojeras. De todos modos sabía de sobra que en vacaciones también encontraba razones para estresarme, por lo que en el fondo no se trataba de una cuestión importante, no podía mancillar aquella mañana feliz.
Además: la historia no trata de mí, sino de ellos, que se cruzaron en mi trayecto por casualidad y me hacen llorar ahora, días después, por el mismo motivo que me hicieron estallar de risa. Las lágrimas y la risa se tocan, y esos sentimientos fluctúan confusos, como en una eterna curva, como el autobús del viernes. Ellos eran un padre y sus dos hijos. Él era joven y dinámico, tenía una alegría de esas que resuenan en el autobús por encima del runrún del motor y hacen vibrar los asideros. Así todo, no resultaba molesto, sino que nos despertaba del letargo, nos hacía vibrar a nosotros también. Uno de sus hijos era un carricoche, sujeto pasivo al que prodigaba cariños y atenciones, al que no descuidaba ni un segundo.
Pero las pasajeras que se encontraban frente a mí y yo nos fijamos en el niño mayor. Precioso, despierto, sonriente y feliz como su progenitor, dispuesto y preguntón. Alegre, gritón, listo y audaz. Su padre respondía a todas sus cuestiones con un cariño que en modo alguno resultaba meloso. Una de sus preguntas fue por qué su padre tenía las manos tan callosas, y él le contestó que de tanto trabajar para mantenerle, a él y a sus siete hermanos.
De pronto, aquella joven de gafas, pálida y somnolienta que era yo se irguió en el asiento, pensó como una ráfaga en los siete enanitos de Blancanieves, en las fábulas de Andersen, Grimm y Hoffmann, en la fantasía, en la risa contagiosa de aquellos personajes del autobús. Quería más, no quería bajar de aquel mundo de fábula, de invención infantil.
Y aún se quedo allí, la joven del abrigo verde, las gafas rojas y el rostro paliducho y somnoliento, porque debían viajar a Saturno. Según contaba el hombre al niño, en cuestión de segundos el autobús despegaría a Saturno, poco a poco se desasiría de la barrera de la carretera y rasgaría las vestiduras del aire. Iríamos todos allí, y en Marte nos darían de merendar. El niño sonreía gozoso, y ya todos queríamos prorrumpir a carcajadas, avergonzados por la risa en presencia de desconocidos, abrumados por el despliegue de sueños que el chico había inventado para su niño, por la atención que había depositado en su hijo, por la ternura que le manifestaba.
Pero no todo acaba aquí, porque al término de la ruta se avecinaba una explosión. El autobús iba a explotar al final del despegue con sólo pulsar un botón. Poco a poco me fui dirigiendo a la salida, poco convencida con la idea de viajar a Saturno partida en pedazos. Los segundos pestañeaban a cámara lenta mientras me acercaba hacia la puerta y las manos del pequeño se iban acercando al botón mágico de STOP, el que pondría fin a la historia. Se abrieron las puertas de la nave, que se apostó en la Tierra, y me quedé sin saber cómo es el anillo de Saturno porque mi madre me estaba esperando para comer. Y ahí vi alejarse al rojo autobús, hasta que varios metros más adelante se hinchó, como un globo, y se perdió en la cima de las nubes, con escala en Marte. Mientras tanto yo entraba en el portal con pasos saltarines, con la sonrisa plasmada en la boca, subrayada. Pronto iba a ser la hora de descansar.
Tres días después derramo la risa, derramo en tinta la fantasía que pellizqué por unos instantes: aquella niña que era yo se quedó en Júpiter, lanzando dardos a la Luna.





